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Principio · de · incertidumbre

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El espacio lo marcaban las líneas que salían de nuestros pies. Dibujábamos figuras geométricas perfectas sin saberlo. Yo caminaba despacio: Xúquer, Clariano, Blasco Ibañez, Aragón, Alameda, Puente del Mar, Puente del Mar. Me detenía sobre el puente no sólo porque me gustaran los escalones en forma de olas y los ladrillos viejos, añejos, antiguos, histórrimos, sino porque, como puente, unía orillas de un espacio con un-otro espacio. Venía a mi cabeza aquello de los no-lugares, los aeropuertos. ¿Y cómo vuelan los aviones? Y había un espacio también para otros no-lugares: los que habían sido y la posibilidad de los que fueran. Esos eran los que dibujábamos con las trencillas (agujetas) de los zapatos bien atadas: una línea se trazaba del lado de aquí y salía disparada a la línea que había comenzado del lado de allá, geometría improbable de una posibilidad.

El tiempo había dispuesto un ritmo descoordinado en el que perderse era la mejor forma de encontrarse -si es que acaso había un encontrarse-, y en el epicentro de la biblioteca de las cosas perdidas, un invierno raro se hacía eco de otro invierno -como todos los inviernos- y no existía la primavera ni el verano.

Pregón [levemente verdadero]: Voy a dejar de escribir acerca de Tiempo y Espacio, me adentro en la quinta dimensión.
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Perdón,
creo que se le ha caído
un beso
en el penúltimo escalón de su escalera.
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Cuando prescindimos de la categoría-Tiempo nos encontramos de lleno en el limbo de las cosas que siempre suceden, el ojo del huracán a Oz, el aleph de Borges, el libro-Odisea cerrado en la estantería o la estantería misma. Los verbos se estabilizan y hay un porche y la tormenta más fuerte que has oído nunca, o hay lluvia y refugio en un café, o hay noches que terminan en noches y días que no amanecen, y la ruta de la seda está en la esquina de una plaza de una ciudad que es todas las demás ciudades, ciudad-monstruo, ciudad-Utopía, ciudad-ciudad, etc. Lo curioso es que ocurre exactamente lo  mismo cuando prescindimos de la categoría-Espacio. Lo aterrador quizás sea verse de pronto -y contando de nuevo con la categoría-Tiempo- también en ese limbo de las cosas que siempre suceden y descubrir que no pasa nada, que lo que se suceden son los abismos, como si caer no terminara nunca pero siempre, tras una primera caída, tras un primer abismo, hubiese un segundo y el siguiente después y el siguiente y el otro. 
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Juan C., tras cinco años viviendo a la aventura de una ciudad a otra en -la que ahora parece tan lejana- España, decide volver a su tierra, Querétaro, para ser el ilustre propietario del bar que siempre quiso tener, con tan mala fortuna que compra el local junto a la casa de un inspector amargado y un gobernador civil poco permisivo que de ninguna de las maneras parecen dispuestos a cederle los permisos necesarios y la licencia de alcohol. Ante tal expectativa, Juan C. recibe una sugerencia magistral de su anciana madre, señora que tras un viaje durante su juventud a París -el único de su vida-, cree firmemente que es la reencarnación de un soldado francés que murió en el paredón de un centro militar cuyo lugar ocupa ahora un hotel de lujo. La madre de Juan C., lo único que supo al llegar a París, es que conocía perfectamente las calles que recorrían la parte antigua de la ciudad y que le dolía el miedo al acercarse al ya entonces gran hotel. La madre de Juan C., lo único que sabe ahora es que siente un amor sin límites por esa ciudad y que su hijo necesita ayuda. Juan C. recibe la sugerencia magistral: poner un restaurante en lugar del bar mientras él trata de hacerse con los permisos y licencias oficiales.

Por las noches, el restaurante en el que la señora enamorada de la ciudad francesa cocina, se convierte en un bar clandestino donde a puerta cerrada y bajo aviso de sumas precauciones, se sirven cervezas y mucho mezcal. Juan C. cuelga sus cuadros de pésima calidad artística en paredes en las que también escribe sus poemas de dudoso nivel literario. 

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Hay una ciudad del ruido que habita más o menos fuera de una ventana. Los silencios -estudiados en la noble disciplina grácilmente situada entre el estudio musical y el filológico-, en cambio, habitan lugares muy diversos: yo, por ejemplo, tengo cuatro instalados en esquinas diversas de mi cuerpo -un hombro, la boca del estómago, la marca que se queda cuando entrecierro los ojos y un lugar indefinido cercano a mi pulmón izquierdo-, otros tantos se han quedado en una almohada que no es la mía, en las arrugas de las sábanas y las tazas de café que no me pertenecen. Son silencios de diversas clases: unos afables y otros más oscuros y peligrosos, todos ellos mutan, se transforman y cambian sus espacios: los silencios no son nada dados a comodidades y rutinas. Y aclaro que aunque habiten las rutinas, no son por sí mismos rutinarios. 

Quiero decir, que de un tiempo a esta parte habito espacios temporales distintos y eso es muy confuso. 
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No te olvides, niño, que está el jet lag y la prórroga del jet lag. Te aseguro que esta última no sé cuánto dura, pero debe ser algo así como un resfriado largo: estornudas, moqueas y plantas siete árboles una noche de luna llena con los pies descalzos. Después todo pasa. Pasa y no pasa, porque lo que pasa nunca deja de pasar del todo, niño, ya sabes, como las aguas del río de Heráclito, más o menos así. Y al jet lag se lo cultiva con esmero en los montes -que son montañas pequeñitas- y se le deja crecer medio salvaje, hasta que hay que recortarlo por las puntas para que no enferme. Siete ardillas habitarán en cada uno de los árboles, es decir, en total tendremos 49 ardillas y ya verás qué bonito, niño, 49 ardillas tan bien organizadas para roerle los frutos al jet lag. Tres meses después, 48 de las 49 ardillas habrán muerto, no por nada, sino de viejitas y quemas sus restos una noche sin luna con los pies descalzos y las ardillas te están agradecidas, niño, y la peor parte del jet lag -del que ellas se han alimentado- se quema con sus cuerpecitos rojos y grises y negros y a ti, niño, te quedan los árboles que con el viento hacen fiuuuuu muy suave mientras dormís -tú y la última ardilla- en una hamaca que se mece con los árboles y el viento y el jet lag con tanto esmero cultivado.
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Como tantas otras veces, el problema no era el vértigo sino el deseo de vértigo, el deseo de desear caer pero no necesariamente de caer.
El bucle, en cualquier caso, se resolvía en una espiral que pasada por unos filtros 3D dejaba una maravillosa sensación de tornado de verano. La imagen era exquisita: el tornado, visto desde arriba o desde abajo era el abismo que llevaba al deseo de caída y lo que había que cuidar día a día era el propio tornado, con mucho cuidado había que alimentarlo afanosamente,  recortarle los vértices por las mañanas y cantarle nanas al anochecer. 
Sin embargo, como tantas otras veces, el problema no era el deseo de vértigo sino la falta de reflexión [del reflejo en tanto el reflejo era reflexión, de los espejos en tanto el espejo resultaba especulación], el hueco dejado por no ver reflejado en el in-der-Welt-mit-sein
la cura de la contradicción del deseo de vértigo,
la atención a la espiral que llevaba al tanteo de abismos y vacíos varios. joomla statistics
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La felicidad se compra en paquetes de seis bricks provistos de abrefácil, ya verás qué bien. 
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Hay cien diminutas golondrinas anidando en un vestido, anidan en invierno para que sea el verano el que vuelva a ellas. Resulta que cien diminutos huevos moteados de golondrina aparecieron sin más un día de abril en un balcón. Cien pequeños poemas fueron recitados para cada uno de los cien huevos moteados que tras cada verso se iban rompiendo. Cien diminutas golondrinas hicieron el verano y el verano las acarició complacido. Yo no creo en las golondrinas y los veranos son amarillos e insurgentes, hay que hacerlos con tacto y esmero, hay que zumbar como las abejas y callar como las polillas feas. Quién sabe qué hay que hacer con los veranos amarillos e insurgentes si no es hacerlos porque más bien son desechos con todo y las trizas que pasean y saltan y revolotean como cien diminutas golondrinas anidando en un vestido, haciendo el verano.  
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Corrían los años de las revueltas, todas ellas falsas y con aspiraciones revolucionarias, y llevábamos más de trescientos veinticuatro  días de investigación. El campo maravilloso de deleite narcisista sobre el que girábamos cambiaba de nombre y formas día sí día también: decían Universo y yo replicaba Multiverso y sí, algunas veces eran muchos los versos y otras nunca suficientes. En un afán de saciabilidad social retorcíamos las cosas no dichas y mira-qué-tristes-están-las-putas-y-los-tigres-del-circo-esta-noche. El problema, supimos más tarde, se planteaba bajo la perspectiva errónea: el universo o los muchos versos no giraban sobre las cosas y ni siquiera copernicanamente las cosas giraban en torno al universo sino que bajo el sinuoso ímpetu de un cierto tiempo, el universo y las cosas danzaban alegres, contingentes y disparatadas, dispuestas a ofender así a toda teoría susceptible de verificación o rigor alguno.
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Si alguien se hubiese dado cuenta probablemente hubiesen sido Cigare o Silence, o incluso el bueno de Albatros que deambulaba en el delicado limbo de la huida y la resistencia, hacía mucho que Février no se miraba los bolsillos. Cigare sí, Cigare procuraba guardar la calidez del invierno mientras Silence protegía en los bolsillos de su falda las manos que se le cuarteaban y Albatros sacaba de ellos -sus bolsillos- cosas que no existían; los cigarros que no fumaba, las noches que no había ocurrido, los viajes que le quedaban por hacer. Y conforme lo extraía, lo inexistente empezaba a existir débilmente, apenas en una respiración. 
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Hay cinco postales en el buzón, dos cartas del banco y tres folletos de publicidad. Ella lo abre con la llave pequeñita y revisa todo con la atención del cirujano, lo vuelve a dejar todo dentro y cierra. Hay cinco postales en el buzón, cuatro cartas del banco y siete folletos de publicidad. Los días pasan, se detienen frente a ella y la miran, ella no recoge las cartas, sólo relee las postales, vienen de tantos lugares. Hay seis postales en el buzón, ocho cartas del banco y diez folletos de publicidad. Los días pasan, se detienen, se detienen. 
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A veces él le manda emails muy largos. Ella, entonces, se afana en buscar las estancias precisas de la memoria. Aunque -si hay que ser correctos-, no siempre son las estancias lo que busca sino las gafas -de ella- en las manos -de él- alejándolas -de ella- con los brazos -de él- rodeando la nuca -de ella- y la boca -de él y de ella- cada vez más cerca. Las estancias, cuando lo son, tienen una forma indefinida: se prolongan no en el espacio, sino en el tiempo. Las estancias son ese hueco que deviene no de atrás hacia adelante, sino del punto detenido de un reloj negro que ya no funciona. 

A veces ella le manda emails muy largos. Él, entonces, pasea sin problemas por los caminos-que-se-bifurcan [y trifurcan y tetrafurcan y quintifurcan] de la memoria. No suelen llevar a ningún sitio y él lo sabe. Es en el doblar los cruces como quien dobla las esquinas como quien dobla los papeles, las camisas, las servilletas, cuando encuentra que en el estar perdido es donde transcurre la noche -no hasta hacerse día- sino hasta el punto preciso en que la noche se hace noche otra vez. 


Hay treinta luciérnagas diminutas en el balcón y el invierno se parece a la nada y la angustia a la risa: Heidegger se ríe no de nadie sino de pura alegría y la alegría le da dolor de panza y entonces Heidegger está triste y se le escapan las lágrimas de los ojos y ya no ve nada, sólo las luciérnagas del balcón que cantan porque ya no son luciérnagas: se ha hecho día y verano, todo a la vez. En el balcón hay chicharras y café a todas horas. Heidegger bebe un café y después dos y a veces hasta cuatro o cinco, y le dicen: ya está bien, Herr Heidegger, enough is enough. Y Heidegger bebe tres vasos de vodka, murmura en polaco y lo llevan en volandas: Ha aprendido usted a volar, Herr Heidegger. Desde las alturas del vuelo que le lleva, Heidegger miente: Soy liviano, nada me pesa, qué más podría desear.  

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Chapeau trata de recuperar por todos los medios el taller de escritura -Zeit zu Zeit lo llamábamos cuando aún éramos jóvenes-. Cigare repite que yo ya no escribo, pero en forma de interrogación. Yo tomo las palabras de Silence, y mecaguen la pena negra, y si no escribo es por culpa de la pena. Que qué es la pena, preguntan. Que qué es la pena, y buscan en la RAE online para desechar cualquier incertidumbre. Que qué es la pena, preguntan, y les digo que es el castigo por la falta, pero que también es el cuidado de la falta. Y ya nadie entiende nada. 
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A Vilain Venteux y a Albatros los conocí en las salas de cine. El mundo era muy joven y las salas de cine aún estaban abiertas. El cine no había muerto, la metafísica no había muerto, la poesía no había muerto y por no morir, ni siquiera el rock había muerto. Cuando los cines empezaron a cerrar y las cosas a morir despacio, yo seguía viendo a Vilain Venteux y Albatros en las salas, cada vez más pequeñas, cada vez menos. Nos reíamos de la muerte de las cosas. Nos reíamos de la muerte y decíamos nosotros haremos vivir a lo que ya no vive. Nos reíamos de la muerte y decíamos que viviríamos; no en el cine o la metafísica, no en la poesía o el rock, viviríamos, si acaso -que no era poco-, y quién sabe dónde. 
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Hacía ya varios meses que habían comenzado los ataques que dejaban a Février sin aliento. A punto de terminar la primavera en Berlín, cada vez que Février reía, la risa se transformaba en una horrible tos que lo llenaba todo; llenaba la habitación y llenaba la cocina y después llenaba el balcón y se subía en los tranvías y los trenes hasta que llenaba también las calles del barrio y los cafés que a ella más le gustaban. Cuando la tos se extinguía en algún parque a orillas del Spree, Février procuraba en vano recuperar la compostura, reír más bajito, aclararse la garganta. Cuando abandonó Berlín, la tos volvía cada vez que hacía frío y Février montaba en bicicleta, llegaba a casa exhausta y necesitaba varios minutos para dejar de lanzar hipidos con cada exhalación. Un martes de diciembre Février empezó a despertar en la cama faltándole todo el aire, se le venía encima las ciudades, se ahogaba. 

Cuando la llevaron al hospital lo vio muy claro: era débil. Las bicicletas, los mares y las ciudades que había dispuesto ante ella no servían para hacerla menos débil. Février maldijo de pura frustración a la tristeza de los meses, a la tos y al oxígeno que le faltaba. Diciembre terminó. 
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Setenta y tantos archivos de texto inacabados, perdidos tanto en formato electrónico como impreso o manuscrito, declaraban la más firme de las intenciones, el más tonto de los pre-textos: ya llegaría la literatura. 
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Cuando llegó el otoño, Silence empezó a alterar tres tipos diferentes de sombrero, más o menos acordes a ciertos cambios meteorológicos -meteorología del tiempo y de ella, si me entienden-. Y yo, poco avezada en moda y alta costura, repetía mentalmente: bombín, borsalino, boina, boina, bombín, borsalino, borsalino, bombín. La encontraba temprano en las bibliotecas y le preguntaba en cierto afán instigador: Silence, qué tiene que ver tanto sombreros color bermellón o bermejo con las bes, con los besos, con beber vino -y perdón por el horror ortográfico-, con berberechos, berberiscos y bereberes. Ella hablaba y las tardes pasaban, pasaban tanto que de pronto el otoño se terminó y fue entonces, sólo entonces, cuando, con su bombín sobre mi cabeza, decidimos que embarcaríamos en el próximo bergantín que pasara por el puerto de Valencia. 
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Si me atrevo a hablarles de filosofía no es por lo mucho que tenga que aportar a la larga tradición, cola de caballo, madeja y cucutrás, sino más bien por un enganchón de tiempos y distancias, pero sobretodo palabras que se atragantan y le salen por la nariz al niño de allá. Que por la metafísica no me iría yo más allá del sillón pero ay qué bien sienta la metafísica en el sillón mientras nos deleitamos en la leche que tiñe el café y nos embriagamos de café otra vez y caemos rendidos a los pies del mundo, dedo meñique, falange distal. No digo que mienta más que invente o más que la ficción es de nuevo irrealidad de lo acaecido y acaecido en cuanto que cayó y volvió a levantarse y así otra vez y vuelta a empezar pero cada vez más rápido. Del mismo modo, pero al revés, levanto una bandera de dientes torpemente enfilados pero no filosos que viene a dar bienvenida a una patria que no es patria ni tierra sino espacio hueco en el que no siempre caben los grandes pensadores que nos acompañaron a tomar té con menta y limón y chocolates. El saber ocupa ya toda la estantería y las cosas ya no tienen lugar, así que deshilachar toda palabrería no es más que la consecuencia innegable de un día en que vuelve el frío a respirarle en el cuello a esta ciudad. 
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Bueno, ¿la saudade? Depende de lo poéticos o escatológicos que queramos ponernos, pero una mierda inevitable. Yo diría más bien que se lleva encima y uno hasta se regocija en ella. Y aún diría más, que la tengo ahí bien instalada en un rincón pequeñito parecido al lugar desde el que se ve el mar de Lisboa, pero eso ya lo habíamos hablado, ¿o no?. Y que no se va, no. [Pero resulta que además de una sonrisa triste y l'enyor, resulta traer consigo un sinfín de historias que contar]. 
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Cómo nos gusta el vino, cariño, el color al trasluz, el sabor difícil -un punto amargo un punto dulce-, el morado cubriendo la línea exacta en la que los labios son boca y saliva, cariño, boca y saliva. Cómo nos gusta el vino y embriagarnos de palabras y decir océano, aire, bonito, cariño; y el vino, cariño, si es de la tierra mejor, no de este lugar con nombres y espacios definidos, sino de la tierra que no existe, la de tu abuelo, cariño, esa digo yo, la de tu difunto abuelos y todos los cirios del cementerio, y no te olvides que las azucenas, cariño, las azucenas son flor de muerto o de niñas cursis. Y cómo nos gusta ver derramarse las copas de vino, ver las copas de vino cayendo largas sobre el mantel de flores y el vino -ya ves cariño- desplazándose hacia el borde como la sangre hacia la calle y el abismo que va de la mesa al suelo se traga el vino y la profundidad y se te han manchado los zapatos, cariño, espérame que traiga algo para limpiar todo esto. 
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Tienes tantas ganas de comerte el mundo que te olvidas de que a mí me gusta lamer las cosas un poco más despacio y uy mira qué corrosivo y corrompido y corroído está todo tanto tanto que ni comes ni comas y yo cuido las cosas por partes porque ya sabes, Jack, ya sabes, vamos mejor a sonreírnos desde la webcam, que el océano no sepa lo que ocupan los vientos que bebemos por otros y sí, señorita, llore todo lo que quiera estas noches, es lo mejor, es lo mejor, llore todo lo que quiera o llore todo lo que tenga para llorar que estas noches a veces no acaba nunca y le sabe a usted la cara a sal porque, señorita, está usted hecha de los mares y océanos del mundo y sus labios son las playas y mejor no le hablo de las dunas del desierto, señorita, mejor no, mejor le digo que está usted hecha de los mares y océanos del mundo y que va a beberse los vientos nada más que por los vientos mismos, señorita, no lo olvide, se beben los vientos nada más que por los vientos mismos. 
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Hay ciudades por el mundo que me atraen de una forma similar a la que atrae el sexo, si es que es el sexo lo que atrae. Son pocas pero juntas van formando la ciudad que ha ido creciendo con los años en mi cabeza: he recortado los edificios, los cafés, las calles y los parques  y he compuesto una amalgama de cosas que a veces nada tienen que ver las unas con las otras y componen una figura que no siempre es fácil mirar sino que a veces hay que tantear con los dedos. Le digo al tiempo que me deje prolongar la ciudad con cosas que nunca vi ni existieron, muy al estilo de la biblioteca de Borges o la tan visitada tierra de lo que nunca sucedió, y el tiempo cede algunos días a mis deseos, cede un peón a sabiendas de que al final ganará el juego. Yo disfruto del juego y olvido que desconozco las reglas y que de antemano estaba perdido. Me enamoro de ciudades que aún no he conocido y de otras tantas que conocí o tengo por conocer. Y aún más, confesaré que una de esas ciudades nunca fue París, pues París era la ciudad de los mindundis, era la ciudad fácil de desear y nunca lo fácil fue de mi interés. Yo ya conocía París a la forma en que ciertas personas conocen las ciudades, como quien reescribe una guía de viajes, de un monumento a otro y tiro porque me toca, ciudad de la luz, île de la cité, la bohème, la bohème. Y yo decía no, tiene que haber algo más, París no me sirve, París está trillada, París quedó atrás en la época dorada del siglo XX, avant la garde, avant la letre. Tiene que haber algo más. Pero les contaré que perdoné a París leyendo a Cortázar, casi perdoné a París por Montevideo o Buenos Aires o por el DF, perdoné a París y  empecé a quererlo y le dije: está bien, te daré una oportunidad, pero no me hagas la de la guía trotamundos, la de los monumentos y los mapas en los que he de encontrarme, mejor perderse y dejar que otra ciudad me devore. Y le dije: está bien, París, también por ellas que tienen nombres bonitos y me esperan allí y no les vale la distancia sino esta forma de decir cerca sin decir nada o decir Mathilde o decir Agathe, Alicia, Lea. Y quién sabe, París. 
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Quiero escribir un poema de verano.
No por el verano, sino
por el invierno y la primavera que le precedieron.

He escrito un poema de verano,
pero no me gusta.

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