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Principio · de · incertidumbre

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El espacio lo marcaban las líneas que salían de nuestros pies. Dibujábamos figuras geométricas perfectas sin saberlo. Yo caminaba despacio: Xúquer, Clariano, Blasco Ibañez, Aragón, Alameda, Puente del Mar, Puente del Mar. Me detenía sobre el puente no sólo porque me gustaran los escalones en forma de olas y los ladrillos viejos, añejos, antiguos, histórrimos, sino porque, como puente, unía orillas de un espacio con un-otro espacio. Venía a mi cabeza aquello de los no-lugares, los aeropuertos. ¿Y cómo vuelan los aviones? Y había un espacio también para otros no-lugares: los que habían sido y la posibilidad de los que fueran. Esos eran los que dibujábamos con las trencillas (agujetas) de los zapatos bien atadas: una línea se trazaba del lado de aquí y salía disparada a la línea que había comenzado del lado de allá, geometría improbable de una posibilidad.

El tiempo había dispuesto un ritmo descoordinado en el que perderse era la mejor forma de encontrarse -si es que acaso había un encontrarse-, y en el epicentro de la biblioteca de las cosas perdidas, un invierno raro se hacía eco de otro invierno -como todos los inviernos- y no existía la primavera ni el verano.

Pregón [levemente verdadero]: Voy a dejar de escribir acerca de Tiempo y Espacio, me adentro en la quinta dimensión.
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Perdón,
creo que se le ha caído
un beso
en el penúltimo escalón de su escalera.
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Cuando prescindimos de la categoría-Tiempo nos encontramos de lleno en el limbo de las cosas que siempre suceden, el ojo del huracán a Oz, el aleph de Borges, el libro-Odisea cerrado en la estantería o la estantería misma. Los verbos se estabilizan y hay un porche y la tormenta más fuerte que has oído nunca, o hay lluvia y refugio en un café, o hay noches que terminan en noches y días que no amanecen, y la ruta de la seda está en la esquina de una plaza de una ciudad que es todas las demás ciudades, ciudad-monstruo, ciudad-Utopía, ciudad-ciudad, etc. Lo curioso es que ocurre exactamente lo  mismo cuando prescindimos de la categoría-Espacio. Lo aterrador quizás sea verse de pronto -y contando de nuevo con la categoría-Tiempo- también en ese limbo de las cosas que siempre suceden y descubrir que no pasa nada, que lo que se suceden son los abismos, como si caer no terminara nunca pero siempre, tras una primera caída, tras un primer abismo, hubiese un segundo y el siguiente después y el siguiente y el otro. 
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Juan C., tras cinco años viviendo a la aventura de una ciudad a otra en -la que ahora parece tan lejana- España, decide volver a su tierra, Querétaro, para ser el ilustre propietario del bar que siempre quiso tener, con tan mala fortuna que compra el local junto a la casa de un inspector amargado y un gobernador civil poco permisivo que de ninguna de las maneras parecen dispuestos a cederle los permisos necesarios y la licencia de alcohol. Ante tal expectativa, Juan C. recibe una sugerencia magistral de su anciana madre, señora que tras un viaje durante su juventud a París -el único de su vida-, cree firmemente que es la reencarnación de un soldado francés que murió en el paredón de un centro militar cuyo lugar ocupa ahora un hotel de lujo. La madre de Juan C., lo único que supo al llegar a París, es que conocía perfectamente las calles que recorrían la parte antigua de la ciudad y que le dolía el miedo al acercarse al ya entonces gran hotel. La madre de Juan C., lo único que sabe ahora es que siente un amor sin límites por esa ciudad y que su hijo necesita ayuda. Juan C. recibe la sugerencia magistral: poner un restaurante en lugar del bar mientras él trata de hacerse con los permisos y licencias oficiales.

Por las noches, el restaurante en el que la señora enamorada de la ciudad francesa cocina, se convierte en un bar clandestino donde a puerta cerrada y bajo aviso de sumas precauciones, se sirven cervezas y mucho mezcal. Juan C. cuelga sus cuadros de pésima calidad artística en paredes en las que también escribe sus poemas de dudoso nivel literario. 

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Hay una ciudad del ruido que habita más o menos fuera de una ventana. Los silencios -estudiados en la noble disciplina grácilmente situada entre el estudio musical y el filológico-, en cambio, habitan lugares muy diversos: yo, por ejemplo, tengo cuatro instalados en esquinas diversas de mi cuerpo -un hombro, la boca del estómago, la marca que se queda cuando entrecierro los ojos y un lugar indefinido cercano a mi pulmón izquierdo-, otros tantos se han quedado en una almohada que no es la mía, en las arrugas de las sábanas y las tazas de café que no me pertenecen. Son silencios de diversas clases: unos afables y otros más oscuros y peligrosos, todos ellos mutan, se transforman y cambian sus espacios: los silencios no son nada dados a comodidades y rutinas. Y aclaro que aunque habiten las rutinas, no son por sí mismos rutinarios. 

Quiero decir, que de un tiempo a esta parte habito espacios temporales distintos y eso es muy confuso. 
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No te olvides, niño, que está el jet lag y la prórroga del jet lag. Te aseguro que esta última no sé cuánto dura, pero debe ser algo así como un resfriado largo: estornudas, moqueas y plantas siete árboles una noche de luna llena con los pies descalzos. Después todo pasa. Pasa y no pasa, porque lo que pasa nunca deja de pasar del todo, niño, ya sabes, como las aguas del río de Heráclito, más o menos así. Y al jet lag se lo cultiva con esmero en los montes -que son montañas pequeñitas- y se le deja crecer medio salvaje, hasta que hay que recortarlo por las puntas para que no enferme. Siete ardillas habitarán en cada uno de los árboles, es decir, en total tendremos 49 ardillas y ya verás qué bonito, niño, 49 ardillas tan bien organizadas para roerle los frutos al jet lag. Tres meses después, 48 de las 49 ardillas habrán muerto, no por nada, sino de viejitas y quemas sus restos una noche sin luna con los pies descalzos y las ardillas te están agradecidas, niño, y la peor parte del jet lag -del que ellas se han alimentado- se quema con sus cuerpecitos rojos y grises y negros y a ti, niño, te quedan los árboles que con el viento hacen fiuuuuu muy suave mientras dormís -tú y la última ardilla- en una hamaca que se mece con los árboles y el viento y el jet lag con tanto esmero cultivado.
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Como tantas otras veces, el problema no era el vértigo sino el deseo de vértigo, el deseo de desear caer pero no necesariamente de caer.
El bucle, en cualquier caso, se resolvía en una espiral que pasada por unos filtros 3D dejaba una maravillosa sensación de tornado de verano. La imagen era exquisita: el tornado, visto desde arriba o desde abajo era el abismo que llevaba al deseo de caída y lo que había que cuidar día a día era el propio tornado, con mucho cuidado había que alimentarlo afanosamente,  recortarle los vértices por las mañanas y cantarle nanas al anochecer. 
Sin embargo, como tantas otras veces, el problema no era el deseo de vértigo sino la falta de reflexión [del reflejo en tanto el reflejo era reflexión, de los espejos en tanto el espejo resultaba especulación], el hueco dejado por no ver reflejado en el in-der-Welt-mit-sein
la cura de la contradicción del deseo de vértigo,
la atención a la espiral que llevaba al tanteo de abismos y vacíos varios. joomla statistics
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La felicidad se compra en paquetes de seis bricks provistos de abrefácil, ya verás qué bien. 
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Hay cien diminutas golondrinas anidando en un vestido, anidan en invierno para que sea el verano el que vuelva a ellas. Resulta que cien diminutos huevos moteados de golondrina aparecieron sin más un día de abril en un balcón. Cien pequeños poemas fueron recitados para cada uno de los cien huevos moteados que tras cada verso se iban rompiendo. Cien diminutas golondrinas hicieron el verano y el verano las acarició complacido. Yo no creo en las golondrinas y los veranos son amarillos e insurgentes, hay que hacerlos con tacto y esmero, hay que zumbar como las abejas y callar como las polillas feas. Quién sabe qué hay que hacer con los veranos amarillos e insurgentes si no es hacerlos porque más bien son desechos con todo y las trizas que pasean y saltan y revolotean como cien diminutas golondrinas anidando en un vestido, haciendo el verano.  
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Corrían los años de las revueltas, todas ellas falsas y con aspiraciones revolucionarias, y llevábamos más de trescientos veinticuatro  días de investigación. El campo maravilloso de deleite narcisista sobre el que girábamos cambiaba de nombre y formas día sí día también: decían Universo y yo replicaba Multiverso y sí, algunas veces eran muchos los versos y otras nunca suficientes. En un afán de saciabilidad social retorcíamos las cosas no dichas y mira-qué-tristes-están-las-putas-y-los-tigres-del-circo-esta-noche. El problema, supimos más tarde, se planteaba bajo la perspectiva errónea: el universo o los muchos versos no giraban sobre las cosas y ni siquiera copernicanamente las cosas giraban en torno al universo sino que bajo el sinuoso ímpetu de un cierto tiempo, el universo y las cosas danzaban alegres, contingentes y disparatadas, dispuestas a ofender así a toda teoría susceptible de verificación o rigor alguno.
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Si alguien se hubiese dado cuenta probablemente hubiesen sido Cigare o Silence, o incluso el bueno de Albatros que deambulaba en el delicado limbo de la huida y la resistencia, hacía mucho que Février no se miraba los bolsillos. Cigare sí, Cigare procuraba guardar la calidez del invierno mientras Silence protegía en los bolsillos de su falda las manos que se le cuarteaban y Albatros sacaba de ellos -sus bolsillos- cosas que no existían; los cigarros que no fumaba, las noches que no había ocurrido, los viajes que le quedaban por hacer. Y conforme lo extraía, lo inexistente empezaba a existir débilmente, apenas en una respiración. 
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Hay cinco postales en el buzón, dos cartas del banco y tres folletos de publicidad. Ella lo abre con la llave pequeñita y revisa todo con la atención del cirujano, lo vuelve a dejar todo dentro y cierra. Hay cinco postales en el buzón, cuatro cartas del banco y siete folletos de publicidad. Los días pasan, se detienen frente a ella y la miran, ella no recoge las cartas, sólo relee las postales, vienen de tantos lugares. Hay seis postales en el buzón, ocho cartas del banco y diez folletos de publicidad. Los días pasan, se detienen, se detienen. 
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A veces él le manda emails muy largos. Ella, entonces, se afana en buscar las estancias precisas de la memoria. Aunque -si hay que ser correctos-, no siempre son las estancias lo que busca sino las gafas -de ella- en las manos -de él- alejándolas -de ella- con los brazos -de él- rodeando la nuca -de ella- y la boca -de él y de ella- cada vez más cerca. Las estancias, cuando lo son, tienen una forma indefinida: se prolongan no en el espacio, sino en el tiempo. Las estancias son ese hueco que deviene no de atrás hacia adelante, sino del punto detenido de un reloj negro que ya no funciona. 

A veces ella le manda emails muy largos. Él, entonces, pasea sin problemas por los caminos-que-se-bifurcan [y trifurcan y tetrafurcan y quintifurcan] de la memoria. No suelen llevar a ningún sitio y él lo sabe. Es en el doblar los cruces como quien dobla las esquinas como quien dobla los papeles, las camisas, las servilletas, cuando encuentra que en el estar perdido es donde transcurre la noche -no hasta hacerse día- sino hasta el punto preciso en que la noche se hace noche otra vez. 


Hay treinta luciérnagas diminutas en el balcón y el invierno se parece a la nada y la angustia a la risa: Heidegger se ríe no de nadie sino de pura alegría y la alegría le da dolor de panza y entonces Heidegger está triste y se le escapan las lágrimas de los ojos y ya no ve nada, sólo las luciérnagas del balcón que cantan porque ya no son luciérnagas: se ha hecho día y verano, todo a la vez. En el balcón hay chicharras y café a todas horas. Heidegger bebe un café y después dos y a veces hasta cuatro o cinco, y le dicen: ya está bien, Herr Heidegger, enough is enough. Y Heidegger bebe tres vasos de vodka, murmura en polaco y lo llevan en volandas: Ha aprendido usted a volar, Herr Heidegger. Desde las alturas del vuelo que le lleva, Heidegger miente: Soy liviano, nada me pesa, qué más podría desear.  

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Chapeau trata de recuperar por todos los medios el taller de escritura -Zeit zu Zeit lo llamábamos cuando aún éramos jóvenes-. Cigare repite que yo ya no escribo, pero en forma de interrogación. Yo tomo las palabras de Silence, y mecaguen la pena negra, y si no escribo es por culpa de la pena. Que qué es la pena, preguntan. Que qué es la pena, y buscan en la RAE online para desechar cualquier incertidumbre. Que qué es la pena, preguntan, y les digo que es el castigo por la falta, pero que también es el cuidado de la falta. Y ya nadie entiende nada. 
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A Vilain Venteux y a Albatros los conocí en las salas de cine. El mundo era muy joven y las salas de cine aún estaban abiertas. El cine no había muerto, la metafísica no había muerto, la poesía no había muerto y por no morir, ni siquiera el rock había muerto. Cuando los cines empezaron a cerrar y las cosas a morir despacio, yo seguía viendo a Vilain Venteux y Albatros en las salas, cada vez más pequeñas, cada vez menos. Nos reíamos de la muerte de las cosas. Nos reíamos de la muerte y decíamos nosotros haremos vivir a lo que ya no vive. Nos reíamos de la muerte y decíamos que viviríamos; no en el cine o la metafísica, no en la poesía o el rock, viviríamos, si acaso -que no era poco-, y quién sabe dónde. 
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Hacía ya varios meses que habían comenzado los ataques que dejaban a Février sin aliento. A punto de terminar la primavera en Berlín, cada vez que Février reía, la risa se transformaba en una horrible tos que lo llenaba todo; llenaba la habitación y llenaba la cocina y después llenaba el balcón y se subía en los tranvías y los trenes hasta que llenaba también las calles del barrio y los cafés que a ella más le gustaban. Cuando la tos se extinguía en algún parque a orillas del Spree, Février procuraba en vano recuperar la compostura, reír más bajito, aclararse la garganta. Cuando abandonó Berlín, la tos volvía cada vez que hacía frío y Février montaba en bicicleta, llegaba a casa exhausta y necesitaba varios minutos para dejar de lanzar hipidos con cada exhalación. Un martes de diciembre Février empezó a despertar en la cama faltándole todo el aire, se le venía encima las ciudades, se ahogaba. 

Cuando la llevaron al hospital lo vio muy claro: era débil. Las bicicletas, los mares y las ciudades que había dispuesto ante ella no servían para hacerla menos débil. Février maldijo de pura frustración a la tristeza de los meses, a la tos y al oxígeno que le faltaba. Diciembre terminó. 
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Setenta y tantos archivos de texto inacabados, perdidos tanto en formato electrónico como impreso o manuscrito, declaraban la más firme de las intenciones, el más tonto de los pre-textos: ya llegaría la literatura. 
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Cuando llegó el otoño, Silence empezó a alterar tres tipos diferentes de sombrero, más o menos acordes a ciertos cambios meteorológicos -meteorología del tiempo y de ella, si me entienden-. Y yo, poco avezada en moda y alta costura, repetía mentalmente: bombín, borsalino, boina, boina, bombín, borsalino, borsalino, bombín. La encontraba temprano en las bibliotecas y le preguntaba en cierto afán instigador: Silence, qué tiene que ver tanto sombreros color bermellón o bermejo con las bes, con los besos, con beber vino -y perdón por el horror ortográfico-, con berberechos, berberiscos y bereberes. Ella hablaba y las tardes pasaban, pasaban tanto que de pronto el otoño se terminó y fue entonces, sólo entonces, cuando, con su bombín sobre mi cabeza, decidimos que embarcaríamos en el próximo bergantín que pasara por el puerto de Valencia. 
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Si me atrevo a hablarles de filosofía no es por lo mucho que tenga que aportar a la larga tradición, cola de caballo, madeja y cucutrás, sino más bien por un enganchón de tiempos y distancias, pero sobretodo palabras que se atragantan y le salen por la nariz al niño de allá. Que por la metafísica no me iría yo más allá del sillón pero ay qué bien sienta la metafísica en el sillón mientras nos deleitamos en la leche que tiñe el café y nos embriagamos de café otra vez y caemos rendidos a los pies del mundo, dedo meñique, falange distal. No digo que mienta más que invente o más que la ficción es de nuevo irrealidad de lo acaecido y acaecido en cuanto que cayó y volvió a levantarse y así otra vez y vuelta a empezar pero cada vez más rápido. Del mismo modo, pero al revés, levanto una bandera de dientes torpemente enfilados pero no filosos que viene a dar bienvenida a una patria que no es patria ni tierra sino espacio hueco en el que no siempre caben los grandes pensadores que nos acompañaron a tomar té con menta y limón y chocolates. El saber ocupa ya toda la estantería y las cosas ya no tienen lugar, así que deshilachar toda palabrería no es más que la consecuencia innegable de un día en que vuelve el frío a respirarle en el cuello a esta ciudad. 
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Bueno, ¿la saudade? Depende de lo poéticos o escatológicos que queramos ponernos, pero una mierda inevitable. Yo diría más bien que se lleva encima y uno hasta se regocija en ella. Y aún diría más, que la tengo ahí bien instalada en un rincón pequeñito parecido al lugar desde el que se ve el mar de Lisboa, pero eso ya lo habíamos hablado, ¿o no?. Y que no se va, no. [Pero resulta que además de una sonrisa triste y l'enyor, resulta traer consigo un sinfín de historias que contar]. 
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Cómo nos gusta el vino, cariño, el color al trasluz, el sabor difícil -un punto amargo un punto dulce-, el morado cubriendo la línea exacta en la que los labios son boca y saliva, cariño, boca y saliva. Cómo nos gusta el vino y embriagarnos de palabras y decir océano, aire, bonito, cariño; y el vino, cariño, si es de la tierra mejor, no de este lugar con nombres y espacios definidos, sino de la tierra que no existe, la de tu abuelo, cariño, esa digo yo, la de tu difunto abuelos y todos los cirios del cementerio, y no te olvides que las azucenas, cariño, las azucenas son flor de muerto o de niñas cursis. Y cómo nos gusta ver derramarse las copas de vino, ver las copas de vino cayendo largas sobre el mantel de flores y el vino -ya ves cariño- desplazándose hacia el borde como la sangre hacia la calle y el abismo que va de la mesa al suelo se traga el vino y la profundidad y se te han manchado los zapatos, cariño, espérame que traiga algo para limpiar todo esto. 
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Tienes tantas ganas de comerte el mundo que te olvidas de que a mí me gusta lamer las cosas un poco más despacio y uy mira qué corrosivo y corrompido y corroído está todo tanto tanto que ni comes ni comas y yo cuido las cosas por partes porque ya sabes, Jack, ya sabes, vamos mejor a sonreírnos desde la webcam, que el océano no sepa lo que ocupan los vientos que bebemos por otros y sí, señorita, llore todo lo que quiera estas noches, es lo mejor, es lo mejor, llore todo lo que quiera o llore todo lo que tenga para llorar que estas noches a veces no acaba nunca y le sabe a usted la cara a sal porque, señorita, está usted hecha de los mares y océanos del mundo y sus labios son las playas y mejor no le hablo de las dunas del desierto, señorita, mejor no, mejor le digo que está usted hecha de los mares y océanos del mundo y que va a beberse los vientos nada más que por los vientos mismos, señorita, no lo olvide, se beben los vientos nada más que por los vientos mismos. 
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Hay ciudades por el mundo que me atraen de una forma similar a la que atrae el sexo, si es que es el sexo lo que atrae. Son pocas pero juntas van formando la ciudad que ha ido creciendo con los años en mi cabeza: he recortado los edificios, los cafés, las calles y los parques  y he compuesto una amalgama de cosas que a veces nada tienen que ver las unas con las otras y componen una figura que no siempre es fácil mirar sino que a veces hay que tantear con los dedos. Le digo al tiempo que me deje prolongar la ciudad con cosas que nunca vi ni existieron, muy al estilo de la biblioteca de Borges o la tan visitada tierra de lo que nunca sucedió, y el tiempo cede algunos días a mis deseos, cede un peón a sabiendas de que al final ganará el juego. Yo disfruto del juego y olvido que desconozco las reglas y que de antemano estaba perdido. Me enamoro de ciudades que aún no he conocido y de otras tantas que conocí o tengo por conocer. Y aún más, confesaré que una de esas ciudades nunca fue París, pues París era la ciudad de los mindundis, era la ciudad fácil de desear y nunca lo fácil fue de mi interés. Yo ya conocía París a la forma en que ciertas personas conocen las ciudades, como quien reescribe una guía de viajes, de un monumento a otro y tiro porque me toca, ciudad de la luz, île de la cité, la bohème, la bohème. Y yo decía no, tiene que haber algo más, París no me sirve, París está trillada, París quedó atrás en la época dorada del siglo XX, avant la garde, avant la letre. Tiene que haber algo más. Pero les contaré que perdoné a París leyendo a Cortázar, casi perdoné a París por Montevideo o Buenos Aires o por el DF, perdoné a París y  empecé a quererlo y le dije: está bien, te daré una oportunidad, pero no me hagas la de la guía trotamundos, la de los monumentos y los mapas en los que he de encontrarme, mejor perderse y dejar que otra ciudad me devore. Y le dije: está bien, París, también por ellas que tienen nombres bonitos y me esperan allí y no les vale la distancia sino esta forma de decir cerca sin decir nada o decir Mathilde o decir Agathe, Alicia, Lea. Y quién sabe, París. 
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Quiero escribir un poema de verano.
No por el verano, sino
por el invierno y la primavera que le precedieron.

He escrito un poema de verano,
pero no me gusta.

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En estos tiempos de soles replicados y replicantes, de lluvia rara y fenómenos meteorológicos vulgares, las cosas ya no éranse una vez sino que alguien come perdices y se atraganta y todos aplauden a su espalda, se sientan en sillones sonriendo y dejan que empiece a hablar asumiendo la imposibilidad de contar nada, el fin del mito. 

Todo cuento empieza con su final, Alicia rompe el espejo y a Peter le salen sus primeras canas. Ninguna ciudad tiene un nombre lo suficientemente bonito como para repetirlo tres veces así que te digo La Ciudad, La Ciudad, La Ciudad y ya sonríes más tranquilo. 

El final siempre es la estación o el aeropuerto o el coche que se aleja, esto es, toneladas de combustible y La Ciudad que se detiene en diferentes puntos precisos. 

La gente errante no anda perdida, sólo los viajeros del tiempo se pierden, se acercan, te miran y te dicen disculpe, ¿hoy es martes o miércoles? 

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El tiempo es espacio
y qué raro se siente. 
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Hoy soñé que estaba de vuelta en Valencia. Me dolía el estómago y todo lo veía borroso; era esa sensación que ya conozco: estuvo conmigo los últimos días de febrero. Yo decía en voz alta en la cocina "parece que todo este año haya sido un sueño raro, pero estar aquí de nuevo tampoco resulta muy real". Y entonces desperté. 
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Qué magnífica construcción la de volar las cosas. No que las cosas vuelen sino que volemos las cosas, así, directamente, de lleno y sin miramientos: Yo vuelo cometas. No que haga volar a las cometas sino que las vuelo y toda acción indirecta del hacer queda invalidada por la fantástica imprudencia de transitar un verbo tal vez intransitivo. Yo vuelo, yo vuelo cometas, ¿y qué no será que también vuelo yo al volar cometas? [Epiteto homérico: el de los pies alados, yo vuelo mis zapatos]. Maravillas de la lengua: si estoy en Valencia y es marzo, abril o mayo, yo vuelo cometas en la playa; ahora que estoy en otra parte -en cualquier otra parte- lo que vuelo son papalotes.

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La verdad es que yo ya no tengo el valor de escribir sobre cosas tan grandes o tan elevadas como el Tiempo y las Ciudades y el Amor, plantando mayúsculas como quien planta margaritas en primavera y situando la magnanimidad de algunas palabras en los balcones más altos o las estatuas más solemnes y calladas. Como si hubiera alguna diferencia entre todo eso y los mosquitos que se refugian cerca del portal ahora que el frío no puede matarlos, entra por la puerta, suben las escaleras cuidadosamente y sin pisar los escalones y se cuelan en habitaciones que les son ajenas a la hora de la siesta.
La verdad es que no voy a crear el mundo a partir del verbo, como si no supiera que el mundo existía mucho antes que el verbo pero sólo existió a partir del verbo. 
La verdad es que yo ya sólo escribo de Tiempo y Ciudades y Amor con hache, ¿pero es que hay otra cosa? A veces es difícil diferenciar. A lo mejor es una cuestión de grado o de holismo, porque me gusta hablar del Todo, plantar mayúsculas como quien planta margaritas en primavera, y decir muy poco seria frente a un café:  el todo no es igual a la suma de las partes, un absoluto es un relativo visto por un señor muy bajito, nada-permanece-todo-se-transforma, el universo se expande y nadie sabe muy bien más o menos todo acerca de lo ontológico del ser. Y ahí ya me pongo redundante. 
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Era primavera, eso no había quién lo dudara, con todas: abril, la lluvia, el verde, las flores, el olor a abono viniendo a a hacer notar la presencia de algo que no era la ciudad. Más absurda que otra cosa yo miraba al invierno de cara y pasaban los trenes y los tranvías y los u-bahn y los s-bahn y los aviones lowcost. Miraba al invierno de cara y la primavera me devolvía la mirada. Así como si una estación pudiera mirarte de arriba a abajo y  saltarse todo protocolo temporal. Y aquella escrupulosa dedicación en mirar las cosas y saberme mirada era acotar el tiempo y por acotar digo ponerle paredes al campo o ya que estamos tapias, murallas, empalizadas y cuanto menos una metáfora. Pero es verdad que al tiempo, como al campo, no se le puede poner puertas ni portales ni portones ni siquiera se le podían poner puertitas, ya digo que lo había estado haciendo, pero no dió resultado. El beneficio ligado al rendimiento venía de esa parte en que se vive un tiempo aparte del tiempo fuera del tiempo dentro de un pliegue del tiempo, pero yo no quería beneficio ni rendimiento, el beneficio y el rendimiento me querían a mí y yo con cierto inevitable ánimo de lucro [(del lat. Lucrum). 1. m. Ganancia o provecho que se saca de algo)] me dedicaba a querer otras cosas: el volúmen de la almohada, el chocolate alemán en la estación, los dibujos en los márgenes, dejarme o no los calcetines para dormir, el ángulo del portátil frente a la cama, el café cortado improbable o los sillones de la librería. Y quería querer también esa injustificada urgencia del espacio sin saber si sólo dormía o agonizaba como agonizan algunas distancias que no serían las mías, no. Pero no vayamos ahora por estos derroteros, mejor: de la raíz nos vamos a las ramas a palpar algo palpable la pulpa de la naranja el discurso del político idiota de turno las comas las comidas a deshora la tetera turca los envíos por correos o el tonto universo conceptual que una inventa por inventar por crear algo bonito o contar nada concreto tantas cosas. 
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No negaré que tenga ganas de inventarme un paisaje con acuarelas o palabras y decirle al aire que estoy un poco en ninguna parte, invitarte a pasar, tomar un té y que veamos la próxima película maravillosa que haya descubierto yo o hayas descubierto tú para descubrírsela al otro, caminar por caminar hasta que nos duelan los pies.
También hago eso, quiero decir; con la diferencia de que tú ahora estás en alguna parte y yo paseo con Belén que me habla de lugares que no son Madrid y Madrid pasa por nosotras de un modo parecido al que pasó Barcelona aquella noche que fue Retour el que hablaba de otro lugar fuera del tiempo, como cuando Curro y yo compartimos Berlín como amante o los momentos en que Cigare y yo nos sabemos inventando una ciudad. Silence, Cravate, Albatros, Vilain Venteux y toda esa gente que me reconcilia con el mundo, con el tiempo y las distancias.


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Los mosquitos murieron con la niebla y después llegó la nieve. Con la nieve hubo que aprender a convivir con el frío. Aprender, por ejemplo, que con el sol o cerca del mar no sirven de nada los abrigos, que el café hay que tomarlo en el alfeizar de la ventana, que la distancia -como el tiempo- no se puede medir como afirman las leyes científicas cuando uno aprehende tanto del frío. Cuando sea la nieve la que se marche -pero de verdad, no este simulacro de fin de invierno que no es tal-, aprenderé a dejar llegar la primavera. 
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La nit a la meua balconada espera sota una volta de llumets xicotets que arribe la neu. Ningú no vol ja que torni la neu. Només tu, jo i algunes persones de riure tort continuem pensant que es massa prompte per desfer-nos de la neu. Ha de tornar, ha de tornar. El proper cap de setmana, ens repetim. Mentre, el rellotge toca les sis de la matinada al meu llit i a les set marxes a casa, que ja és hora. I no et vols quedar aquesta nit? Puc sentir el temps que ja no queda al meu rellotge aturat. Però aquesta nit no. No perquè no vulgues, sinò perquè has de sortir al carrer i trucar-me de seguida per a contar-me a mitja veu que està nevant. Està nevant i ningú no ho sap perquè són les set de la matinada, ahir vam tindre festa i tots dormen la mona. Quina n'hem fet, te dic, hem fet nevar.
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Si te acercas mucho mucho, lo suficiente como para que dejes de poder enfocar fácilmente los poros de la piel o el color del pelo, podrás oír un leve rumor. Como cuando se oye el mar a través de una caracola. Sí, más o menos así. O como el zumbido de una mosca atrapada en un vaso de cristal una tarde de verano. Sí, un poco de ambas. Me refiero a que, bueno, todo ocurre en un tiempo y un lugar y a veces el tiempo no es lo que se dice del tiempo o los segundos que pasan cuando arrugas el gesto - y sólo el lado derecho de la boca- para sonreír. Ni el lugar es un espacio geográfico, latitud, longitud, grados. ¿Qué raro, no?. Y entre todo eso que ocurre en un -llamémoslo- tiempo y un -llamémoslo- lugar, está lo que no sucede y en el caso que nos ocupa, lo que no se ha escrito. Porque a fin de cuentas las cosas suceden pero sólo han sucedido las cosas que se han escrito. A lo que íbamos, ¿todavía puedes oírlo? Todo esto, las cosas que no he escrito ¿no lo ves? Ya sucedieron, ya fueron, y tampoco importa si es que serán ¡es tan raro hablar de tiempos verbales y no hacerlo! Están ahí. Revolotean en mi cabeza y se aferran a las paredes como un enjambre de avispas, pero mucho menos militares y ordenadas, digamos quizás avispas anarquistas, pero en plena revolución. A veces soy yo la que no las deja salir y a veces ellas, malditas peludas negriamarillas rezumbantes, las que no saben encontrar la salida o se niegan a la misma. Será que es temprano o que hace mucho frío, será que no se levantaron de humor esta mañana, pero ahí siguen, haciendo ese delicioso y molesto sonido cerca de mi oreja.
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Cigare inventa una trompeta. La hace aparecer en el aire y da vueltas en torno a ella, pensativo, o quizás es la trompeta la que gira suspendida en el vacío. Cigare la toma entre sus manos con esa emoción contenida en alguna parte cercana al estómago  y la trompeta lanza un guiño, un leve crujido and all that jazz. Y mientras tanto, la noche gira en torno a la azotea y la nieve gira en torno a la ciudad y la trompeta gira como giran las manos de Cigare en torno a la trompeta y es la ciudad la que se mueve porque las ciudades que Cigare ha inventado, como la trompeta, están hechas para moverse y no ser nunca la misma al ritmo de la melodía de un trompetista que todavía no existe mientras sólo se oye el sonido metálico de la nieve girando cayendo sobre un montón de bicicletas que escuchan la trompeta que Cigare ha inventado para después girar sus pedales queriendo aplaudir la pequeña pieza musical que todavía no ha sonado.  custom counter
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Me gusta hablar de distancia casi tanto como hablar del norte o de trenes o del frío. Me gusta la sensación que deja esta lejanía o este pensar en lo lejano casi tanto como esa sensación cuando alguien se acerca tanto, tanto que tengo que cerrar un ojo, enfocar una parte de la cara y después jugar a hacer lo mismo con el otro ojo y tratar de acertar a la hora de besar la comisura de los labios o la punta de la nariz. Tienes razón, un día hablaré de todo esto, del peso de noviembre y del frío que me hizo liviana, de la levedad exacta que tiene la nieve cuando se detiene aleatoriamente frente a mi ventana en plena caída. 
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((Al otro lado del espejo))


Esta ciudad no tiene nombre. No está en un lugar concreto. Me pertenece los días impares y otros días me combate como quien combate una Troya que ya no es más que ruinas hasta que llega la tregua o las ruinas empiezan a arder. Y es que Cigare y yo sabemos, mientras tomamos café y damos vueltas a una ciudad inventada, que las ciudades no son lo que queremos que sean como tampoco son lo que se ve ni lo que hemos inventado de su memoria en la nuestra. Por eso las nombramos y les insuflamos vida como hacen los dioses para crear un universo que después no les pertenezca, a ser posible frente a un café y pasando frío. Yo digo Berlín, Berlín, y Cigare sonríe mientras escribimos juntos una postal que nos sabe resistiendo. Es algo diferente escribir postales desde que estoy aquí inventándome desde dentro esta ciudad, le digo y él termina de firmar la postal. Salimos de allí y llevamos con nosotros al frío un pequeño amago de la calidez de otra cafetería que nos trata bien y la postal con su sello recién puesto. Parece tan agitado hoy el mundo.
- No es tan fácil hacer metáfora de una ciudad y eso lo sabemos hace tiempo. No es como asociarle una imágen, un recuerdo, un sentimiento o una persona. Las imágenes acaban siendo un conglomerado demasiado extenso, una tela de araña demasiado desordenada y poco geométrica. No es tan sencillo como decir yo estuve aquí.
Y Cigare me mira y sonríe y toma la postal que jugaba entre mis dedos.
- Mira, te voy a explicar cómo se hace. Seguro que ya sabes de ese momento de incertidumbre en que una carta cae al buzón y no se sabe qué va a pasar. ¿Llegará? ¿Se perderá? ¿Cuánto tardará? Pero es que no puedes meter una postal en un buzón sin más, hay que hablar con el buzón, hay que explicarle bien dónde va a parar aquello que dejas en su poder, tiene que tener claras tus intenciones.
Y conforme dice eso la postal cae y Cigare se acerca a la rendija del buzón y susurra el nombre de una de tantas ciudades que nos han visto inventarlas y veo la palabra con cada una de sus letras permanecer un momento en el aire y lanzar un guiño para después caer despacio junto a la postal en el abismo del buzón.
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Te sorprenderá saber que estoy en Praga son las cuatro de la mañana y he salido a pasear y sentarme en la estatua desde la que se ve toda la avenida. Quizás sepas de qué lugar te hablo o quizás lo sepas cuando pises esta ciudad, si es que todavía no la has pisado o no estás ahora en ella, es difícil de saber cuando no se tiene rostro ni tiempo ni espacio. Pero es tan fácil reconocer desde dónde hombres borrachos de Bélgica me preguntan por qué estoy sentada bajo un caballo a las cuatro de la mañana yo sola. En realidad todavía no llega a las cuatro así que no importa demasiado. Sigue pareciéndome fascinante poder ver toda la calle desde aquí. No sé qué contar de todo esto, hay tantas cosas y al mismo tiempo creo que necesitaré más calma para poder contarlas todas. Se han sentado aquí a mi lado. Si no estuviera la policía cerca y hubiera bebido un poco menos tendría algo más de miedo. Pero estoy tranquila, y la noche está aquí desde las cuatro y media de la tarde. Todavía me resulta extraño. Quizás lo peor de todo de salir a caminar de madrugada por las calles de Praga es saber que voy a tener que inventarme una ciudad, una que no sea ni esto ni aquello, que nunca me resulte familiar y al mismo tiempo lo sea. ¿Puedes oír los coches pasando? El problema es que no sé si algún día pueda venirse conmigo a pasear de madrugada por las calles de una ciudad que no me permite más que ser una chica con libreta y ganas de pasar frío a los pies de una estatua desde la que parece que toda la ciudad permanezca y se mueva y desde la que puedo decir: no, no voy a quedarme quieta.
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Desde que habito esta ciudad creo que nunca estoy en el mismo sitio. Los objetos -como los lugares- pasan por mí como si quisieran que les diera un sentido y yo sólo puedo reprenderles divertida: ni hablar, basta, no pasará por mí y mucho menos saldrá de mí hecho palabras, no soy una niña con un diario, y sí algún sentido han de tener ustedes cambiará cuando me vuelvan a preguntar. Les recuerdo entonces cuando esta ciudad fue azul o cuando fue otoño, cuando fue tregua y cuando fue un temor, noche cerrada, silencio o una certeza. Desde que estas ciudades me habitan y los trenes abren un paréntesis entre la partida y el regreso busco postales sobre las que no escribir que no hay frío que desconozca determinado tipo de calor. Será por eso que las calles me reprenden severamente cuando me niego a la literatura de madrugada: estoy viviendo, maldita sea, denme un momento. 
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Viene el frío igual que vienen los lobos a cantarme de madrugada y que yo les acaricie la cabeza. Me levanto muy digna y les hablo del malecón y después les digo que no sólo es esto, que un día subo en un avión o un tren y me voy al norte -pero no a este, sino al norte del norte-. Y ellos cantan, a veces flamenco, a veces serenatas y a veces bailan tangos para que la madrugada me encuentre despierta. Después me dicen que cruce el océano un día o que no me quede quieta, y el mundo se me hace tan grande y yo me vuelvo tan pequeña que se me lleva el viento, si vieras todo lo pequeña que puedo ser a veces, lo volátil. Pero no rechisto, claro. Qué le vas a decir al frío o a los lobos cuando cantan antes de que el sol asome y yo me enfunde en mi bufanda y salga a buscar la oficina de correos para hablar a otra gente del frío o de los lobos o del norte o las bufandas o de esta calidez disfrazada de noche fría o de lobo bueno.
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Aquí viene. El frío, digo. Apareció de pronto la otra noche y parece que va para largo. Claro que nunca se sabe. Me refiero  a ese frío que estoy esperando no sé si desde que llegué o de mucho antes. Y está la niebla, claro, que deja adivinar las casas de colores y las luces de la estación cuando voy al bar del aeropuerto a ponerme triste o a cantar canciones en el tranvía. Cigare lo sabe igual que yo, a veces no hace falta ni que hablemos de nuestros respectivos nortes, de las mil formas de inventarnos el otoño, para saber que debemos más de un café a estas ciudades que nos atan y liberan como si hubiera diferencia alguna, como si realmente pudiéramos pertenecer a alguna parte. Yo oigo hablar de países más cálidos que poco saben de este invierno que aún no ha llegado. El día crece desde aquí como crece la niebla hasta cubrir la ciudad y yo hablo de un determinado tipo de calidez que invade las noches o asalta desde algunos gestos o golpea como golpean las palabras -que no es a golpes- de un tiempo que ya no se puede llamar tiempo, ni presente o pasado. No quiero hablar de mí, repito, no quiero hablar de mí y que todo lo que yo no soy se convierta en un símbolo de lo que soy o lo que quisiera ser, como si pudiera ser-se algo y no fluyera como fluye esta niebla conforme avanza el día y se te colara dentro como se te cuela la niebla dentro de la ropa, aferrándose directamente a la piel. Érase una vez un finlandés que vivía dentro de su abrigo. 
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Anoche limpié mi habitación. Si vieras con que facilidad las cosas se quedaron en su sitio sin bailes para mí a altas horas de la madrugada como si, por una vez, ordenar fuera sólo eso, sólo polvo acumulado en los rincones y ropa tirada entre la cama y la silla. Como si yo no me enamorara de ciudades y me quedara fascinada oyendo hablar de revolución en México o de que en Estambul encontrar una mariquita es símbolo de buena suerte y de pronto, zas, una merodeando por un tren que me trae de vuelta de Berlín, como si historias y canciones no vinieran a mi encuentro estas noches y yo ya no pudiese escribir lo que escribo en los espacios entre las letras, como si anoche sólo hubiera limpiado mi habitación. 
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Algunos días me repito muy despacio todos los lugares por los que voy a pasear como si el tiempo no importara. Otros, enumero los que voy a echar de menos, aquellos a los que he de volver todas las veces necesarias hasta quedar saciada. No entiendo este tiempo ni en un sentido métrico ni en uno meteorológico, y me aferro a esta confusión como única posibilidad de certeza. Mira cómo llueve y luego deja de llover y el tiempo pasa y no pasa y todo vuelve atrás tan pronto como se mueve hacia delante como si no hubiera presente o como si solamente hubiera presente y qué otoño está esto tan rojo y amarillo y como se resiste el verano todavía en algunas hojas, como si las ciudades no fueran ciudades y esta luz y este frío cualquier otra cosa, como si lo que no ocurrió ocurriera en otro lugar y yo pudiera dejar que la lluvia me empapara las gafas y el abrigo bajo la parada del tranvía o bajo el techo del aeropuerto que me habría de llevar más al norte, al norte del norte, quién sabe, o quizás simplemente bajo las calles de un Berlín que sabe que me llaman Octubre. No pretendas saber más de mí. 
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Todo el mundo aquí me habla del frío y de la nieve y de dedos de las manos que ya no pueden ni moverse si sales sin cuidado a la calle. Yo les digo divertida que estoy preparada: la preocupación de todos y cada uno de mis familiares acerca del frío que iba a pasar me ha provisto de toda una variedad de prendas que juntas podrían hacer un verano entero en el microclima de mi cuerpo. Y entonces, recién empezado el otoño, y yo en medio del primer resfriado del año, me pregunto cuánto quedará para que llegue ese frío que habrá de dejarme sin fuerzas y con los labios azules, y no este clima inestable que me trae solamente el resfriado de rigor y unos cuantos estornudos entre tranvía y tranvía.
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Tengo una tremenda colección de tickets nuevos que no vas a ver nunca, no porque no te los vaya a enseñar o porque nunca leas lo que escribo sino porque entender un ticket, con la tinta desgastándose sobre una libreta y las fechas borrándose es algo que no va demasiado contigo. Entre mi nueva colección se encuentran los billetes del metro que cogí en Berlín, los de los trenes que me llevaron hasta aquí, el del avión que me alejó del suelo, el del tranvía que cojo todos los días y alguna que otra entrada del cine, quizás una compra que olvidé. Tengo también cosas más especiales, de esas que no pueden verse o que no puedo pegar en el cuaderno porque no caben o porque no existen o son demasiado pequeñas y ya ves que tontería yo aquí de pronto escribiendo como si hubiera alguien al otro lado a quien escribir y preguntándome a estas horas tan tempranas qué leches voy a hacer cuando me duela la tripa de echar de menos esta ciudad.

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Desde aquí, desde el norte o la frontera, desde este no estar pero sí en Berlín, los días de lluvia son un poco diferentes y el sol de la tarde se cuela por las cortinas rojas del balcón hacia mi ventana debajo de la cual pasa un viejo tranvía cada veinte minutos. Tengo una ventana enorme y un tren de dos pisos con el que ir hasta Berlín:  Ostbahnhof, Alexanderstraße. También tengo cosas que contar, pero avanzo despacito, con calma, tratando de acertar cada letra.
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Retour me habla del otoño, como cada septiembre, como si no supiésemos ambos que algo no cuadra con este mes que no consigue pertenecer al verano. Cigare y yo inventamos ciudades invisibles, donde darnos tregua. Sintagma trata de sorprenderme. Y Silence dice que no se despide de mí, no todavía.  

Me delata el equipaje. 

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A veces, durante magníficos ataques de megalomanía, me digo a mí misma que voy a escribir una novela, y todo viene a mi cabeza como un rayo: escribiré una novela, una que hable de todo esto, de toda esa gente, de esos lugares que he visitado, de los que visitaré o de aquellos en los que nunca he estado, de todo lo que no ha existido y lo que nunca ocurrió, una novela que no diga nada nuevo, nada diferente, pero que sea nueva y diferente, y entonces sé, con la certeza del loco, que será estupenda, que no puede haber nada mejor de lo que escribir ni mejor manera de escribirlo.
Después me enferma una terrible cordura y recuerdo que soy bien pequeña para cosas tan grandes y que a nadie le interesa toda esa gente o todos esos lugares, que a nadie le interesa todo lo que pueda decir y que a veces ni siquiera me interesa a mí. 
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 Berlín engaña. Sigue siendo una ciudad extraña: joven y vieja o nueva y antigua al mismo tiempo del mismo modo que es fea y hermosa, todo a la vez, sin línea clara de separación. Y uno no sabe muy bien a qué aferrarse en esta ciudad ambivalente, así que algunos optamos por no aferrarnos a nada. Y Berlín nos mira con una venda en los ojos, como miran algunos dioses, como si las agujas de los relojes no importaran. Berlín me sonríe y me traiciona con mirada tierna y yo aprendo a querer y desquerer esta ciudad donde dejaré que las horas pasen y el frío me golpee. Y es que Berlín es un poco mía del mismo modo que no es de nadie, pues es fácil hacerse con esta ciudad que no termina de ser nada concreto y es todo un poco, y doch y Weltschmerz o esas cosas que no son fáciles de escribir, explicar o traducir. La cuestión no es ninguna, no trato de decir nada concreto de darle un significado a toda una ciudad sino más bien un sentido -etimológicamente hablando, supongo-, así que voy a necesitar ese tiempo que me brindará septiembre para recorrer estas calles y los parques y sentarme a tomar los cafés que no he tomado, a coger los tranvías que no he cogido y a pararme  m u y  d e  s p a c i o  a
no decir nada concreto.
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Aquel septiembre abandonaría la ciudad. No era la única. De algún modo la mayoría nos habíamos puesto de acuerdo -sin siquiera planearlo- para huir a lugares distintos. Algunas amigas se preparaban para instalarse en las ciudades que les adoptarían durante un año entero, Madrid, Granada, o aquella que quedaba cerca de la ciudad del fin del mundo. Cigare partía el primero y la ruta estaba clara: mientras yo me dejaría caer bien al norte, él se aventuraba un paso más allá; al norte del norte. Íbamos a lugares donde no nos conocieran, a donde no perteneciéramos, donde tuviésemos que volver a buscar orientación, donde pudiésemos perdernos de verdad. Septiembre se acercaba y yo no quería hablar de nostalgia ni novedad. Ni del reloj que dejaba detenido, ralentizado, en esta ciudad o del que empezaría a poner en marcha en otro lugar.
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