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Martes, 13:45 Cuando se aproxima la hora de comer el continuo ir y de venir de los estudiantes de filosofía se intensifica hasta dar lugar a una curiosa danza de cuerpos que caminan y se mueven y cambian de lugar. Sólo desde arriba seríamos conscientes de lo absurdo de la coreografía. De unos que llegan a la cafetería y se abrazan, besan, chocan, giran, cogen sus bocadillos o sus platos, se sientan. Mientras otros se levantan y ruedan y caminan para tomar café y hablar otra vez de todo y nada del mundo, de ellos, de lo metafísico y lo imposible. Y las manos se mueven, los objetos se mueven y cambian de lugar mientras ellos, estudiantes de filosofía, bailan sin saber que bailan, mueven el aire y mueven el mundo-mientras-el-mundo-permanece-estáti
*** Jueves, 01:12 Yo, yo, yo. Me voy a cansar de tanto mirarme el ombligo y sentarme en esta silla otra noche más, y saltarme para después tener que volver a buscarme y rehacerme lo que ya estaba hecho mientras me resuenan en los oídos hasta el estruendo tantos pronombres reflexivos. Y la envidia.
*** Cualquier día de la semana Tomo café. Sola. Tan de mañana en la cafetería de siempre que siempre es otra. No te creas que no estoy reinventándome todo esto por puro egoísmo, lo hago. Y después olvido lo funesto y maravilloso del baile de máscaras de cada madrugada. No te creas que no soy una perfecta mentirosa, lo soy. Y si te digo que sí es que no y si te digo que lo sé, probablemente no tenga ni la más remota idea. No te creas que no voy a dejarme llevar por el caos, lo haré. En la medida en la que yo también soy una de esas criaturas generadoras de un caos silencioso que el día menos pensado golpea y muerde, araña. Te recuerdo que soy todo contradicción, te recuerdo que me encanta, que me exaspera, que tomo café. Sola. Tan de mañana. Hoy besaría a cualquiera. |
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Février entra en el café refugiándose como puede del frío de un otoño que no acaba de llegar y parece apretar con fuerza ese día. Le duelen los pies y lleva consigo únicamente el dinero para pagar el café que se tomará. Cigare y Retour ya están allí desde hace un rato y, como tantas otras tardes, Février los sabe hablando probablemente de cosas imposibles, de dioses menores, del mundo, de esto y lo otro y vuelta a empezar. Sonrie y se sienta. - Otra vez andamos todos tratando de escapar, el año que viene nos quedamos sin cafés a las cuatro de la mañana. Sin estas paredes rojas y amarillas y naranjas. ¿Dónde dices que te vas? - Somos unos fugitivos en potencia, Cigare, eso es lo que pasa. Pero yo me estuve pensando si acaso no me quedara. Aquí las cosas desde la Revolución nunca son igual, me da miedo perderme el próximo giro de tuercas del mundo. - El problema es que a lo mejor huír sólo nos lleva irremediablemente a aquello de lo que huimos. Pásame un poco de tabaco. Como quien huye de alguien a la otra punta del continente y se lo encuentra justo allí, en otro país, en otra ciudad, justo ahí. Qué putada, qué putada. - Y qué alivio. - Menos mal. - Sí. - Qué ridículo todo, Retour. Todo esto, el absurdo, la vida. Y todo eso de escapar, en fin, quizás nos veamos por allí, ¿no? Cuándo uno se marcha va a parar al mismo sitio que el resto, no sería la primera vez que te ocurriera. Qué ridículo esto de huír, from everything, anything, whatever, never mind. Never mind. Y cómo nos gusta, caray, cómo nos gusta. Que el mundo va a seguir girando las tuercas igual, acá, allá, anywhere, everywhere, y nos va a sacudir una y otra vez. Y nos encanta, ¿no lo ves? - Ah, die Unsinn. ¿Os habéis fijado que este otoño ha durado sólo cuatro días? Yo lo echo de menos. Las hojas, el frío. - ¿Y cómo se vuelve si uno solamente va y va? Nunca volví de aquel viaje, creo que no se puede, a lo mejor fue porque pasamos por París, o porque no teníamos mapa de Berlín, a lo mejor fueron las calles decrépitas de Budapest, pero no creo. No creo que haya retorno posible. Está todo tan poco otoño que dan ganas de comprarse cucuruchos de helado y ponerse falda y pasear por los parques. Es como aquella primavera a destiempo, pero al revés. - Alguien nos la está jugando y se está inventando las estaciones de nuevo, vamos a tener que hacer algo, porque está siendo un otoño tramposo, un noviembre demasiado poco noviembre. Vamos a tener que hacer algo. - No hay nada que hacer, en esto consiste el caos, el sinsentido, sólo nos queda disfrutarlo, porque en el fondo nos encanta. Y lo sabéis. Nos encanta. - Pero el otoño... |
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Cuatro horas era tener nada, o tener siete euros en el bolsillo. Uno, para el metro de ida desde la estación hasta las calles por las que quería pasear; dos, para el metro de vuelta hasta el aeropuerto; y cuatro, para contar el tiempo que quedaba. Era por la literatura, a quién quería engañar, por la maldita literatura eso de lanzarme a caminar sola en otra de esas grandes ciudades que no conozco demasiado. Orientarme y recordar paradas de metro en ciudades desconocidas siempre resultaba más sencillo. Ah, cómo me gusta mirar los mapas. Y poseer un mapa era poseer una ciudad que no me pertenecía, un lugar que no era de este tiempo, y por el que no dejaría rastro me perdiera como me perdiera. Tenía cuatro horas, cuatro euros y un mapa para marcar las calles con los dedos, porque así recorro yo las ciudades, con las manos abiertas -como si pudieran cerrarse-, con la piel expuesta -como si las ciudades no tuvieran piel de serpiente, como si no me lamiese las escamas como quien se lame las heridas, como si no pudiese desprenderme de aquello como una selkie que sale del agua-. Parece que va a hacer frío. |
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Hundirse, demolerse o derribarse, tocar fondo. Abajo del todo y sólo observar las paredes durante un rato para aprender a emerger de nuevo, pero joder, qué bien me aferraba a los abismos en vez de soltar todo el aire y llenarme los pulmones. Errar, obsintarse en el error, reincidir. Reincidir. Como si el tiempo fuese a darme la razón en vez de quitarme las células muertas. Ni siquiera podía pensar con claridad, si ya me pasaba antes, ahora mis límites de distracción, fallo, olvido, error danzaban a su aire de una punta a otra de mis días. Crecía mi incapacidad para concentrarme en una sola cosa sin cambiar de repente a pensar en otra. Maldita sea, qué bien vienen algunos cafés, qué poco duran. A veces me apetecía un cigarro para arañarme la garganta y ver salir el humo de los pulmones. Otra vez los pulmones. O el estómago, o la cabeza. Me gustan las manos. ¿Por dónde iba? Ah, si, el despiste. Reía en medio de conversaciones serias, sin venir a cuento, no era capaz de escuchar todo sin ponerme a mirar alrededor. Y estaba la ciudad, claro. Cuando hablábamos de la Ciudad yo trataba de escuchar y bailaba en mitad de la plaza, sin música, quizás por la ebriedad o simplemente por esa imposibilidad de estar en una sola cosa a la vez. Porque a veces enmudecía, no podía hablar, no tenía nada que decir y me limitaba a escuchar y después ya ni siquiera sabía qué estaba escuchando. Quedarme con las ganas, será eso. No creo que fuera buena idea. A lo mejor me había creído demasiado lo de los gatos y ya había asumido ese papel. Y el sexo. Y es que cuando camino por las mañanas ya no me sale pensar y |
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Ocupar de nuevo la facultad aunque fuera tan sólo durante una noche habría estado bien. Hacía exactamente un año de aquella primera noche en que extendimos los colchones, pintamos las primeras pancartas y la facultad comenzó a ser un poco más nuestra, así que teníamos ganas de recuperar siquiera durante un momento la Revolución. La Revolución Divertida, esa que consistía en ponernos sombreros de papel para hacer la asamblea de las 22.00, repartirnos las litronas que Clochard había robado esa noche del mercadona, pasar la guitarra de Prochain de una mano a otra, y acabar hablando de traer quizás una cabra, quizás un par de patos o quizás tres gallinas al jardín de la facultad para escándalo del decano. El hall se llenó primero de colchonetas, colchones y tiendas de campaña, aquella mañana amanecimos unas sesenta personas en la facultad de Filosofía. No podíamos ni imaginar cómo aquella ola se extendería a las demás facultades de la universidad y más tarde a muchas otras universidades. Lo poco que recuerdo de aquel amanecer es que mi colchoneta estaba pinchada y Clochard se paseaba desnudo, apenas cubierto con una palestina, gritando solo, como había hecho el resto de la noche, mientras los demás tratábamos de conciliar el sueño. Cuando algunos profesores se unieron a la protesta dejándonos dar las clases en el cada vez más caótico hall de la facultad, lo primero que se veía por las mañanas, además de a los conserjes maldiciendo nuestro desorden y cierta inoportuna suciedad, era estudiantes somnolientos que se paseaban en pijama o bata desde su colchón hasta el cuarto de baño y de ahí a clase. Poco después de que llenásemos todo de colchones y tiendas, alguien comenzó a traer algún que otro mobiliario de más. Durante una semana varios sofás estuvieron en el porche desinfectándose y pronto pasaron a formar parte de aquel nuestro nuevo hogar. Les siguieron más. Mesillas de noche, lámparas rotas, sillones rojos. La gente empezó a traer, entre otras cosas, sus fotos enmarcadas, los libros que estaban leyendo, algún que otro poster que adornaba las paredes en otro tiempo tan frías y que ahora desprendían una calidez que se nos haría más que familiar. Después descubriría ante mi asombro que si algo sí que echaría de menos de todos aquellos días de ocupación era la utilidad de los sofás y sillones que crecían como setas por doquier y te aseguraban casi en cualquier momento una buena siesta, o un lugar cómodo donde sentarte a leer, escuchar la clase que se diera allí, o simplemente esperar. En un momento dado y sin saber cómo, nuestro sofá pasó a la cercana y también ocupada facultad de Historia de la cual más tarde fue robado de nuevo para habitar la facultad de Filología. Ya no recuerdo si volvió a nosotros, pero en cualquier caso se nos hacía tentador al pasar frente a un mueble desechado de su antiguo hogar exclamar "¡llevémoslo a la facultad!". Aún todaviá me ocurre. Esos días, mientras yo me apoderaba del hueco de debajo de la escalera, Prochain se construía su propia habitación en el quinto piso de la facultad, departamento de metafísica y teoría del conocimiento, de dónde en varias ocasiones intentaron echarle hasta que, ya moribunda la Revolución, todo el mobiliario desapareció del lugar sin que nadie dejara ni una nota explicativa. Una cortina de ducha separaba la cama y el sillón de la mesa-escritorio y lugar de estudio. Había un radiocassette, un marco con la foto que más tarde acabaría en el café de siempre, un buzón para la correspondencia, libros varios, cds de música clásica, la guitarra, todos los recortes que había ido coleccionando de los diferentes periódicos que hablaban -para bien o para mal- de la Revolución y un sinfín de cosas que ya no recuerdo demasiado bien. El caso es que un día, de repente, todo desapareció. Los sofás, los sillones, el poster, la lamparilla, las mesitas de noche, las mesas, el escritorio, algunos sacos de dormir, un par de mantas, mi colchoneta que se deshinchaba desde la primera noche, los recortes de periódico, un par de apuntes, las viejas pancartas, incluso la colecta para comprar la cabra. Y con todo aquello también la Revolución empezó a desaparecer, a perder fuerzas. Yo quería atribuir la culpa de que la Revolución empezara a irse al traste al equipo de limpieza que el equipo rectoral había contratado durante las vacaciones a espaldas de los estudiantes para tirar toda la "basura", y no al agotamiento que todos empezábamos a notar cuando el resto de facultades fue abandonando la esperanza, los encierros, las asambleas, o cuando en vez de amanecer sesenta personas en la facultad, resulta que éramos cuatro durmiendo allí algunas noches y con suerte quince. El asunto es que empezaron a desaparecer cosas y también desaparecía la Revolución, mi saco de dormir nunca volvió, ni mucho menos mi colchoneta pinchada, durante algunos días temimos que alguien hubiera robado la guitarra de Prochain, pero resultó que algunas buenas personas del departamento de Metafísica y Teoría del Conocimiento la habían dejado a buen resguardo. Clochard seguía robando en los supermercados por las noches, durante las tardes me enseñaba a abrir cerraduras con ganzúa y algunas mañanas todavía le veías gritar desnudo entre colchones cada día más vacíos, paredes cada vez más desnudas, en una facultad cada día más falta de aquel mobiliario desecho. Mientras considerábamos esa noche volver a ocupar la facultad -por los viejos tiempos-, sentados frente a nuestras cervezas, me di cuenta de que de alguna forma, la Revolución había terminado, pero la Revolución Divertida no andaba muy lejos. |
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Hombres muy serios fuman muy serios, encerrados en sus trajes hechos a medida, sus corbatas perfectamente planchadas mientras caminan enganchados a sus maletines de gente seria. Caminan con prisa y, muy serios, llaman educadamente a las puertas de despachos de otros hombres igualmente serios. Se sientan en sillas inmóviles, también serias, y abren sus maletines de gente serios encima de escritorios ordenados, serios. En los maletines: un montón de papeles con letra pequeña, muchas palabras serias, nada de literatura. (Jamás se le ocurriría a un hombre serio recitar poesía en voz alta una tarde cualquiera en la terraza de un bar). Llevan bolígrafos de tina negra -o azul, pero con cuidado que a veces el azul no da la suficiente seriedad- con los que firman, muy serios, la destrucción de la humanidad, la compra-venta de toneladas de golosinas (pero todo muy seriamente), o lo que va a cobrar la muerte el día que aparezca en tu vida.
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Terminé Rayuela. No sé por qué pero quería contarlo. Supongo que porque mientras lo terminaba empezaba septiembre, el curso, el otoño, pero no estoy segura de que haya sido así. He acabado Rayuela y algo ha muerto con ese libro. Algo ha terminado, quizás muchas cosas han terminado y otras están empezando de nuevo. Muero y nazco como si mi verano fuera invierno y mi otoño primavera. Me reinvento como cuando reinventaba las estaciones las noches de febrero. Algunas noches peleo contra el sueño y de repente, paf se acabó. Hay gente que dice que tal libro y tal otro son el libro de sus vidas. Yo no me atrevería a decir tanto, espero leer muchas cosas más. Espero tener muchos libros vitales de esos. O tal vez descubrir que la vida no se lee, sino que se vive. Quizás fue casualidad, pero cuando empecé Rayuela algo empezó a terminar también. Yo ya lo sabía, eso de que hay gente que no puede permanecer en la casilla ocho y tirar la piedra y saltar, y de repente en un golpe vuelven a la casilla 1 o se dan de bruces contra la 6. Ya lo sabía, pero todos necesitamos que nos recuerden lo que ya sabemos. A veces creo que podría cambiarles los nombres a Horacio y a la Maga y a los demás y sentirme cualquiera de ellos y poner a los demás en cualquiera de sus figuras. Tal vez la culpa fuera del verano calor viaje regreso pero muchas cosas terminaron y aún no sé explicarlas explicármelas. También empezaron volvieron a empezar muchas otras, o eso quiero creer. Eso me gusta. Los finales que no terminan de acabar porque acabas girando sobre ti misma de lo grande que ha sido el paf. O es pequeño y giras de todas formas, por costumbre o inercia. Los finales que acaban siendo un comienzo. O a lo mejor no hay bofetada, sólo giro, vueltas y vueltas sobre una misma. A lo mejor espero ser yo también una especie de Maga y que me encuentren caminando en las calles de cualquier ciudad, París, Berlín, Valencia. A lo mejor soy más bien Horacio, no podría asegurar ninguna de las dos cosas. Pero tengo ganas, pequeñas, pero ganas de encontrarme que me encuentren encontrar algo nuevo viejo sorprendente. Como quien encuentra un libro después de mucho tiempo sin encontrar un libro, y no estoy hablando de encontrar un libro sino de encontrar un libro. De eso hablo. Bofetada metafísica, paf se acabó. |
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Volver. A lo mejor ese había sido el problema. Quizás podría haberse quedado en cualquiera de las ciudades de las que se había enamorado y nada de todo eso hubiese pasado. Pero admitámoslo, ella nunca había estado de vuelta. Billete de ida, por favor. ¿Quién volvía realmente? Ni siquiera volver a Ítaca era volver realmente si no había odisea de por medio. Parecía tan difícil. Ni siquiera sabía ahora si continuaba sin estar quieta, si la misma ciudad en la que amanecía no sería una distinta cada vez. Era una locura. ¿Desde cuándo el mundo se movía de esa manera a su alrededor? ¿En qué momento había empezado ella a ser la que se movía de esa forma en un mismo lugar todo el tiempo? Quizás fue la noche que permitió que la sacaran a bailar. Quiero ir a bailar, les había dicho. Quiero salir y quitarme este estúpido sentido del ridículo que he ido acumulando con el tiempo y si hace falta me emborracháis para ello. Y vaya si bailó. A lo mejor se estaba volviendo una persona cómoda. Y eso la aterraba. Darse cuenta de repente de que estaba a gusto en un lugar, llegar tarde a coger el tren que en realidad no tenía que coger. Trenes. Cuánto daño había hecho la novela rusa del siglo XIX y sus trenes. Por no hablar de las metáforas romanticonas relacionadas con trenes y arroz. Pero seguía enamorada también de los trenes y aquellas malditas aspiraciones trotamundescas que le asaltaban casi en cualquier momento y de las que otros no hacían más que alardear y parecía que se marchaban constantemente, y, joder, cómo iba a volver nadie si no se encontraban en alguna encrucijada. El regreso. Otra de esas mentiras que mantuvo a Penélope destejiendose los jirones de los días cada noche. Y ella decidió que prefería ser Ulises. |
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Está bien, es cierto. Salí a caminar. Eché a andar y punto. No estaba dando un paseo, no me dirigía a ningún sitio, sólo quería pasar por todos aquellos que ya había pisado. El árbol torcido del río al que me subí una vez, el pedazo de cesped donde dejé pasar tantas tardes, los jardines que ya había fotografiado en otra ocasión o aquel lugar donde colgamos poemas como quien tiende la colada. Es que ya no puedo permanecer mucho tiempo en casa, me asfixia. Tal vez ya no pueda permanecer mucho tiempo en un mismo lugar. Puede que sea algo que dijo ella. O esa conversación sobre viajes e independencia frente al café. Quizás 22 días era muy poco tiempo para sentirse libre de ir a dónde quisiéramos. Quizás el problema es que fue demasiado y el viaje nos atravesó la piel, quizás 22 días no era la duración real. No sabía cuándo había ocurrido ni cómo, pero algo se había colado muy dentro de mi. Y tiraba hacia todas partes. Quizás estuviera ahí mucho antes. Y cómo me iba a estar quieta entre las mismas cuatro paredes de siempre. Cómo iba a poder amanecer todos los días en la misma ciudad, en la misma cama. Sí, a mi también me pasa, a veces soy demasiado volátil. Será que soy pequeña y no se arraigarme a las cosas. De ahí la necesidad de moverme hacia otra parte, otra vez. |
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El billete de tren que nos acompañaba aquel verano nos permitía movernos en muchas direcciones, tanto del tiempo como del espacio. Caminar por las calles decrépitas de Budapest había resultado un curioso cambio temporal que no esperábamos. Habíamos parado a descansar en un pequeño parque mientras observábamos cómo pasaban los tranvías a orillas del Danubio. Y el Danubio ni siquiera era azul. |
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A saltos. Porque ¿cómo íbamos a entenderlo si no? De atrás alante y vuelta a empezar. O del revés. Jugando a la rayuela. Tiro y a la pata coja. A veces, la menera más divertida de moverse era quedarse quieta y otras agitarse con fuerza en el mismo lugar. Desde arriba o desde abajo y a veces directamente de frente. En realidad daba igual de fuera para dentro que de dentro para fuera. En Budapest, Berlín o Bruselas. Quizás cualquier otra consonante, pero dándole la vuelta. Completa o incompleta. Daba igual, lo mismo era. O no, pero no importaba tanto y era importante. A saltos para que no se entendiera, para entenderlo mejor, para ordenar o desordenar. No era tan diferente, no era tan fácil pero tampoco tan difícil. Y nada de todo esto sucedió jamás en realidad. Y es que, desde esos lugares que eran un poco ninguna parte, nunca el tiempo era perdido. |
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Cuando esa noche mi vestido se rompió, Cravate me prestó el imperdible que le había prestado Silence y que aguantaba el bolsillo de su pantalón. Recordé entonces que no era la única con ropas descosidas, tiempo corroído, rotos en los pantalones y bajos por arreglar. Una clase de costura de mamá recién sacada de la caja de colores que me había regalado aquel septiembre hubiese bastado, pero yo en realidad, no sabía nada de personas. Cuidar de personas, quererlas, tejerles lo destejido, era más bien cosa de mi hermana, disfrutaba con ello, se le daba bien. Y yo, admitámoslo, no tenía ni idea. Lo había intentado alguna que otra vez, de verdad. De verdad que había puesto bastante empeño, pero las personas no eran lo mío. La noche que celebramos el final del curso, el comienzo del verano o cualquier otra cosa que sirviera como excusa para reunirnos alrededor de un poco de comida, un montón de bebida y un par de canciones y risa, David volvió a compararme con un témpano de hielo. Hacía mucho calor pero yo no podía evitar pensar que quizás David y todos sus comentarios acerca de mi habitual falta de emocionalidad tuvieran razón. Yo no sabía nada de personas. Poco antes de la hora acordada para reunirnos y caminar hacia el restaurante, yo había trasladado mis cosas al viejo piso de mis abuelos, donde en las próximas semanas tenía intenciones de acostumbrarme a vivir conmigo otra vez. Y poco antes de salir hacia el lugar de la cena, deambulaba desnuda alrededor del vestido que acababa de sacar del congelador, pensando. Necesitaba primero, aprender a atravesar el pasillo sin volverme hacia atrás; después, saber cómo no perder los imperdibles; subir sin encender la luz con una cerveza hasta la azotea; abrir la ventana cada noche; dejar de meter vestidos en el congelador. Cuando, avanzada la noche, dejé que el chico del sombrero se abalanzara sobre mí, el tirante del vestido saltó. Esa madrugada, mientras me desnudaba sola en la casa, quité con cuidado el imperdible y lo coloqué sobre la mesilla de noche. Vamos, esta vez no lo pierdas. |
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La casa gemía esa noche, un poco como todas las noches, pero un poco diferente porque esa vez no había nadie para escucharla. No es que le doliera la noche o le asustara la oscuridad, simplemente, cada vez que un avión pasaba demasiado cerca, se removía entre el sueño y la vigilia. Resultaba difícil dormir sin crujir los huesos, digo, los cimientos, o el tejado, o el yeso de las paredes. Pero esa noche no había nadie habitándola y todas las cosas seguían intactas e inmóviles en el lugar en que habían quedado aquella madrugada de luna sarcástica y sonriente. El avión de las doce y media pasó con diez minutos de retraso. El viento golpeó las ventanas. Las luces de aquel aeropuerto demasiado cercano parpadearon. Y la casa maldecía el insomnio medio en sueños, ajena a la muerte que se posaba en los objetos inertes. |
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Ante esa imposición inevitable, decidí empezar a construirme una habitación pequeñísima, tan pequeña que sólo cupiera yo acurrucada; tan pequeña, que por dentro no conociera límites. Puse los cimientos justo bajo el segundo estante de la cuarta estantería del pasillo, esa en la que tenemos los diccionarios y los libros más absurdos de toda la librería del pasillo, esto es, manuales varios de bricolage, sexo, cuidado y manutención de acuarios y demás compendios de autoayuda. La habitación sería ínfima, pero no habría problemas, porque también yo soy pequeña, nunca ocupo mucho espacio en ninguna parte. Eso sí, abriría una ventana que en vez de dar a este piso, diera, en secreto, claro, al último de la finca, y en vez de al norte, como debería ocurrir según las leyes del espacio que rigen mi casa, diera al este, allí muy alto, desde donde se llega a ver el mar. Trasladaría los libros imprescindibles a la habitación, Momo, La historia interminable, Peter Pan y el Principito, Cien años de soledad, La vuelta al día en ochenta mundos, Kafka en la orilla y Tokio Blues, Estaciones de paso y Castillos de cartón, Completamente viernes y el Libro de la risa y el olvido, y si me lo pensaba un poco, quizás alguno más, o a lo mejor los iba turnando. En vez de pintar las paredes de rojo, como la antigua habitación de la que había sido desterrada, las empapelaría, no con papel de pared, sino con todas las fotos de las que no puedo deshacerme, las que ya tengo impresas y reveladas, y las que no, y por supuesto, los recortes de periódico que me he ido guardando desde mayo, que hablan de la revolución de los gatos de la facultad, de colchones y noches en tiendas de campaña. Sería una habitación todo almohadones y redondeces, lo único con esquinas, las fotos y las paredes, incluso la ventana sería redonda y enorme. Las postales colgarían del techo, como las estrellas de la casa de los cerezos. Estaba segura de que encontraría las herramientas en la caseta del patio, y la fuerza que creía perdida en algún punto del tiempo, atrás o adelante. Sólo me faltaba saber construir habitaciones y burlar las leyes de la física. |
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Caminar por la avenida charlando con Prochain podía ser peligroso. De repente a su alrededor las estaciones cambiaban. Primero había sido el invierno y cuando quiso darse cuenta llegó el verano. Era parecido a cuando de febrero pasé a mayo y mayo se convirtió en septiembre y después resultó que era otra vez febrero. No me había dado ni cuenta pero julio se acercaba a toda velocidad. Cuando cenamos en la terraza del bar, los gatos se asomaban a guiñarnos los ojos desde debajo de los coches. Cravate dijo que caminásemos para rebajar la cena, olvidando, como era habitual en él, que ya hacía dos horas que habíamos acabado de comer y lo único que nos quedaba por rebajar la larga charla que había dado el profesor que se había unido a nosotros. Que si caminábamos no era por la cena, sino porque nos gustaba caminar. -Necesito un flash y que la luz rebote en el techo, en la pared o en la camisa de Cravate -decía Silence. Yo no sabía nada de flashes todavía y me preguntaba si podía tener cosas con esquinas en mi vida circular pero de círculos incompletos. Como si casi todo se me quedase inacabado. El examen que habíamos hecho aquella tarde, las horas que tenía que etsudiar las tres siguientes semanas, febrero, el colchón que le debía al chico con sombrero, la búsqueda de albergues en todas las ciudades de europa que íbamos a pisar, los orgasmos, las fotos que nunca hice o el verano en mi falda de vuelo azul. -Necesito dejar de escribir verdades a medias. Las mentiras a medias resultan infinitamente mejor. Si quiero saltaré de un lado a otro de mi vida y las estaciones cambiarán como cambia el verano y el invierno en Prochain. Si no empiezo a desordenar todo esto seré yo la que se vuelva loca, y eso que a veces puedo ser tan olvidadiza como Cravate. Necesito buscarle nombres nuevos a las cosas, dejar de usar algunas palabras y aprender mindundi y fruslerías son mejores si van juntas. No amarrar nada, ir en bicicleta a ver nadar a los patos y bailar otra vez como si a veces la vida fuese más sencilla de lo que parece. Creo que si le cambio el nombre a las cosas será más sencillo. Pero me falta tiempo y espacio y por eso os he robado algunos nombresy otros ni siquiera los he decidido del todo. Pasarán más meses pero el orden lo decidiré yo. He perdido las hojas del calendario y creo que eso es bueno. Cuando quise darme cuenta la noche había avanzado y habíamos llegado a la esquina por donde se entraba a mi plaza. Silence se había pasasdo el rato hablando de la Bauhaus y sus casas cuadradas donde no cabían los círculos ni las curvas. Me despedí atropellada y torpe, como era habitual. |
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Entre la lluvia y el viento el mundo se había llenado de polen y como no llevaba sombrero, llegué a la facultad con los ojos enrojecidos. Prochain caminaba de un lado a otro del hall, sin saber muy bien a qué atenerse. Me miró y me dijo que no sabía si él escribía para vivir o vivía para escribir. No supe muy bien qué responderle. Si acaso mi vida y lo que escribía estaba completamente separado, o se entrelazaba lo uno con lo otro, si quizás fueran lo mismo o dos caras de la misma moneda. Hasta qué punto mi vida era realidad y hasta qué punto era ficción. Dónde empezaba lo real en lo que dejábamos escrito, hasta dónde era yo aquel montón de palabras. Dónde quedaban algunos silencios, qué de todo se lleva el cuentista a la tumba. Tampoco importa mucho, dije. Y ese día me limité a vivir. |
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El día que decidimos abandonar Ítaca dejó de importar el rumbo o el regreso. Los billetes nunca eran de ida y vuelta y las brújulas no apuntaban al mismo lugar. Pensábamos que aquello era una huída pero escapar era lo mismo que deambular alrededor del mismo punto. La vida giraba y los Odiseos aumentaban, encontrándose los unos a los otros en las encrucijadas. Las agujas de los relojes se movían adelante y atrás, primero deprisa, después muy despacio, y, con suerte, los días de lluvia, se detenían. Las ciudades nunca estaban en el mismo lugar y la tierra se movía bajo los trenes. Penélope dejó de destejer su vida durante las noches. Jugábamos a ser dioses furiosos, enamorados o anhelantes de sexo. Elegíamos nuestras metamorfosis preferidas y los días que no éramos buitres nos convertíamos en gusanos. De vez en cuando yo era yo, y algunas veces no. A ratos tú eras tú o no, o tú erais vosotros o cualquier otra persona. Nos cruzábamos en puertos diferentes cada vez. Y el mundo no se detenía. En ninguna parte era justo donde quería estar. El mar no era el mar, ni la playa el olvido. Los monstruos marinos se asomaban a la orilla las noches de cuatro constelaciones. Calipso ofrecía las mejores tormentas y Polifemo nos devoraba el tiempo y las entrañas. Troya desapareció y perdimos algunas batallas, otras, las ganamos y algunas daba igual o ni lo sabíamos. Circe cantaba. Estábamos condenados a volver más viejos y más cansados, con las plantas de los pies endurecidas. Estábamos condenados a ganar. Pero Ítaca ya no era Ítaca, y la Penélope consumida por el pasado se había fugado una noche de verano para caminar también por las encrucijadas y encontrar quizás, un poco de suerte, a cualquier . No era Ítaca el regreso. Siempre había sido otra cosa. |
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La próxima vez que alguien me pregunte por qué estudio filosofía, qué es o para qué sirve, pienso horadarle las córneas con las esquinas de un libro de Kant. :) |
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Supo que había llegado la primavera cuando de repente, durante cualquiera de sus paseos sentía una irremediable atracción a acostarse con la primera persona desconocida -o conocida- que se cruzase en su camino. Quizás fuera cosa de haber desayunado poco, que le despertaba otra clase de hambre. . Ya no era primavera a tiempo o a destiempo. El tiempo llevaba más de un año detenido en algunas calles y rincones concretos de la ciudad, pero trataba de tirar fuerte para que en el resto de lugares siguiera transcurriendo. . Se compró dos abanicos para agitarlos con fuerza con ambos brazos y tratar de poner en marcha el viento que ya casi no soplaba ni en su pelo ni en ninguna ventana. . Los árboles se pusieron cursis durante un par de semanas y después se suicidaron todas las flores en apenas tres días para dar paso a un verde más apropiado y elegante. Las muchachas se ponían vestidos los fines de semana y la ropa se amoldaba mucho mejor a las formas de la carne y la piel. La ciudad parecía más pequeña pero más amplia a la vez, más lenta y sosegada, nada que ver con la ajetreada vida de metros a punto de partir de la gran capital a los que había cogido cierta clase de amor estético. Lo atractivo y decadente de las canciones de Sabina, tal vez. . El tiempo y las cosas que hacer se le echaban encima desde los balcones bajo los que pasaba y sólo le daba tiempo a meterlos en la mochila de viaje que pesaba cada vez más y no dejaba hueco para las cosas importantes, como hacerse de una vez con el billete de tren hasta Islandia. . Para ignorar la lista de nombres y fechas que pasaba por su cabeza salía a tomar café después de las clases, donde las conversaciones pasaban desde mirar directamente al sol, pedir una pista de aterrizaje intergaláctico para la facultad a hacer de los viernes algo digno de literaturizar. . Después de varios años volvió a verla caer, está vez más mayor, más triste, más cansada y menos fuerte, inevitablemente en línea recta hasta el suelo. Las muletas se atascaron de pared a pared y la silla de ruedas miraba indemne desde arriba. |
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