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No hace falta que me digan nada para saber que hoy estoy guapa. Sólo hoy. Pero no como cuando me enfundo en un vestido, tacones y un poco de maquillaje, no. Es un poco distinto. No soy una fotografía, soy la chica que camina sobre el puente. Me muevo y la estaticidad es algo muy diferente a esta quietud en movimiento. Te reconozco y tú me miras. Sé quién eres, al otro lado del puente, caminando hacia mí. No es que nos conozcamos, es que igual no lo sabes, pero acaba de llover y soy el maldito reflejo del agua en el cielo. Del revés, claro. Cabeza abajo, y voltereta en espiral. Total, que nos cruzamos y me miras, no desde el reflejo pies-cabeza de un charco sino directamente. Me miras y yo imagino que también me reconoces. No porque nos conozcamos sino porque, y ambos lo sabemos, acaba de llover y somos los únicos caminantes sobre el puente, caminando en direcciones opuestas, con el frío helándonos las manos y algunas losas de piedra inundadas, dándole la vuelta a las cosas, reflejándose los charcos en el cielo -que no al revés-. Y no te paras y me besas y me abrazas y me dices "pero qué guapa estás hoy". Y no es que no lo hagas porque no nos conozcamos, sino porque ya he imaginado que nos hemos reconocido y sabes que no hace falta.Que no llevo vestido, ni tacones, ni maquillaje; sino mis botas de montaña, el jersey rojo y una bufanda que intento que me tape la nariz y soy la chica más guapa sobre el puente. La única, así que me lo puedo permitir. No como una fotografía sino como toda la secuencia que va desde que avanzo un poco más a través del puente y miro hacia abajo donde está el estanque donde una vez creí que los poemas podían crecer de los árboles y me da por reírme allí sola y me da por convencerme de que sólo por hoy estoy guapa, hasta de que lo soy, me da por creerme que soy el maldito reflejo del agua en el cielo, del revés, claro, cabeza abajo y voltereta en espiral. |
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Repaso las líneas de tu cuello. No creas que lo hago con cariño, y ni por asomo llamarlo amor -no nos pongamos decimonónicos tan pronto-, no, qué va. Las repaso minuiciosamente, con manos de médico, c o n l a a t e n c i ó n d e l a s e s i n o. Estiro las partes cuarteadas y beso las líneas azules que se adivinan unos centímetros más allá. No es un beso sonoro, ni cariñoso, son mis labios apenas rozando tu piel, advirtiéndote de lo inevitable. Estudio léntamente la tensión de tus músculos y paseo muy despacio por tu cuello, clavícula, hombro, omoplato, nuca, cráneo. No te me vayas por novelas vampíricas baratas, no se te ocurra. No soy de las que necesitan desangrar a nadie para vivir. El mundo ya está lleno de suficientes idiotas necesitados de vidas ajenas. Pero no te negaré que me gusta tanto morder como esta forma de crueldad. Fría, calculadora, lejana. Te miro igual que un niño -y los niños pueden ser muy crueles- mira al escarabajo que ha atrapado en su tarro de cristal. Eres mi escarabajo y te doy vueltas en tu tarro. Qué más da si te golpeas contra el vidrio. No se te ocurra quejarte, bastante esfuerzo ha sido ya hacer agujeros en la tapa para dejar pasar el aire. Está bien, una no puede ser tan cruel si se está divirtiendo de esta manera, así que te doy un punto de ventaja y rompo el cristal. Voy a ser, sólo por hoy, tu asesino favorito. El que más te guste. Te dejo elegir tu forma preferida de morir, prometo ser limpia, no vayamos a dejar todo esto hecho una porquería. |
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Las cosas pasan. No es que lo diga yo, lo dice un pájaro. Sí, aquel del que hablamos cuando te susurro al oido "me lo dijo un pajarito". Ese es. Ese dice que las cosas pasan. No es que las cosas pasen y ya está, pero tampoco vamos a ponernos trascendentales, ¿no?. Lo bueno de las cosas es también que no siempre pasan. En fin, sí, las cosas pueden pasar y no por ello estar pasando siempre. Algunas pasan sólo algunas veces. Algunos días de verano, por ejemplo, va y pasan cosas. Y están las cosas que pasan y no deberían pasar pero también las que no pasan. Esas son las peores. Como cuando llega el invierno y las cosas no pasan. Y joder, joder, maldita sea. Pero tampoco es cosa de ponerse a protestar. Las cosas no pasan y mientras tanto pasan otras cosas. A lo mejor la solución estaría en hacer que las cosas pasen, pero me pregunto si eso es posible. Si realmente se puede hacer pasar a las cosas, "adelante, por favor", o las cosas sólo pueden pasar. Pasar y ya está, porque las cosas pasan y pensar que las hemos hecho pasar es tan absurdo como tratar de retroceder en el tiempo para que las cosas que pasaron no hayan pasado y las cosas que no pasaron hubiesen pasado. Así que de momento las cosas van a seguir pasando. No lo digo yo, lo dice un pájaro. Cosas que pasan. |
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Llamaba para contarle que ya no quiero subir al lugar más alto del mundo y hacer una foto desde allí o gritar hasta quedarme sin aliento -probablemente debido a la falta de oxígeno-, y tampoco quiero ya descender un acantilado y sentir la euforia haciendo migajas mi estómago, que le sorprenderá descubrir que no se trata ya de pretender ir lo más lejos posible y volver cubierta de postales y souvenirs que nunca compro ni es mi intención lanzarme desde cualquier helicóptero, puente, avioneta y dejar que el viento me golpee la cara como si no me golpease cada enero en la playa. O quizás lo que debiera yo comunicarle es que no será ya mi intención desnudarme para meterme a medianoche en el primer lago frío que encuentre, dormir y ser un pez o despertar y ser un pájaro, y después besar a quien se deje besar y abrazarme a quien me abrace -quizá usted- ,desmontar la semana y pensar que los lunes ya no serían lunes ni los miércoles tan problemáticos. Decirle que ya no es mi intención hacer en realidad haría todas esas cosas. Cualquiera de ellas. |
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El problema es que todo esto no soy yo. * y alguien habrá creído que lo soy, y aunque en cierta manera lo sea, no, yo no soy todo esto. Yo camino y respiro y me río. No te vayas a creer este sinfin de sinsentidos y tonterías. Madrugo o me levanto tarde. No es tan fácil conocerme, no estoy terminada. Me despierto con legañas o con ganas de más. También yo soy una perfecta mentirosa. Me derrito ahora que llega el invierno y vuelvo a tener las manos heladas porque no me gusta llevar guantes -aunque a veces los lleve-. Y adoro las bufandas -aunque no siempre las lleve-. Y me encanta me encanta me encanta tener las manos siempre frías aunque luego las meta en cualquier bolsillo para calentarlas o en tu nuca para fastidiarte o en otras espaldas para desnudarme. Que no, que todo esto no soy yo. Pero también lo soy. Puedo serlo. |
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Martes, 13:45
*** Jueves, 01:12 Yo, yo, yo. Me voy a cansar de tanto mirarme el ombligo y sentarme en esta silla otra noche más, y saltarme para después tener que volver a buscarme y rehacerme lo que ya estaba hecho mientras me resuenan en los oídos hasta el estruendo tantos pronombres reflexivos. Y la envidia.
*** Cualquier día de la semana Tomo café. Sola. Tan de mañana en la cafetería de siempre que siempre es otra. No te creas que no estoy reinventándome todo esto por puro egoísmo, lo hago. Y después olvido lo funesto y maravilloso del baile de máscaras de cada madrugada. No te creas que no soy una perfecta mentirosa, lo soy. Y si te digo que sí es que no y si te digo que lo sé, probablemente no tenga ni la más remota idea. No te creas que no voy a dejarme llevar por el caos, lo haré. En la medida en la que yo también soy una de esas criaturas generadoras de un caos silencioso que el día menos pensado golpea y muerde, araña. Te recuerdo que soy todo contradicción, te recuerdo que me encanta, que me exaspera, que tomo café. Sola. Tan de mañana. Hoy besaría a cualquiera. |
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Février entra en el café refugiándose como puede del frío de un otoño que no acaba de llegar y parece apretar con fuerza ese día. Le duelen los pies y lleva consigo únicamente el dinero para pagar el café que se tomará. Cigare y Retour ya están allí desde hace un rato y, como tantas otras tardes, Février los sabe hablando probablemente de cosas imposibles, de dioses menores, del mundo, de esto y lo otro y vuelta a empezar. Sonrie y se sienta. - Otra vez andamos todos tratando de escapar, el año que viene nos quedamos sin cafés a las cuatro de la mañana. Sin estas paredes rojas y amarillas y naranjas. ¿Dónde dices que te vas? - Somos unos fugitivos en potencia, Cigare, eso es lo que pasa. Pero yo me estuve pensando si acaso no me quedara. Aquí las cosas desde la Revolución nunca son igual, me da miedo perderme el próximo giro de tuercas del mundo. - El problema es que a lo mejor huír sólo nos lleva irremediablemente a aquello de lo que huimos. Pásame un poco de tabaco. Como quien huye de alguien a la otra punta del continente y se lo encuentra justo allí, en otro país, en otra ciudad, justo ahí. Qué putada, qué putada. - Y qué alivio. - Menos mal. - Sí. - Qué ridículo todo, Retour. Todo esto, el absurdo, la vida. Y todo eso de escapar, en fin, quizás nos veamos por allí, ¿no? Cuándo uno se marcha va a parar al mismo sitio que el resto, no sería la primera vez que te ocurriera. Qué ridículo esto de huír, from everything, anything, whatever, never mind. Never mind. Y cómo nos gusta, caray, cómo nos gusta. Que el mundo va a seguir girando las tuercas igual, acá, allá, anywhere, everywhere, y nos va a sacudir una y otra vez. Y nos encanta, ¿no lo ves? - Ah, die Unsinn. ¿Os habéis fijado que este otoño ha durado sólo cuatro días? Yo lo echo de menos. Las hojas, el frío. - ¿Y cómo se vuelve si uno solamente va y va? Nunca volví de aquel viaje, creo que no se puede, a lo mejor fue porque pasamos por París, o porque no teníamos mapa de Berlín, a lo mejor fueron las calles decrépitas de Budapest, pero no creo. No creo que haya retorno posible. Está todo tan poco otoño que dan ganas de comprarse cucuruchos de helado y ponerse falda y pasear por los parques. Es como aquella primavera a destiempo, pero al revés. - Alguien nos la está jugando y se está inventando las estaciones de nuevo, vamos a tener que hacer algo, porque está siendo un otoño tramposo, un noviembre demasiado poco noviembre. Vamos a tener que hacer algo. - No hay nada que hacer, en esto consiste el caos, el sinsentido, sólo nos queda disfrutarlo, porque en el fondo nos encanta. Y lo sabéis. Nos encanta. - Pero el otoño... |
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Cuatro horas era tener nada, o tener siete euros en el bolsillo. Uno, para el metro de ida desde la estación hasta las calles por las que quería pasear; dos, para el metro de vuelta hasta el aeropuerto; y cuatro, para contar el tiempo que quedaba. Era por la literatura, a quién quería engañar, por la maldita literatura eso de lanzarme a caminar sola en otra de esas grandes ciudades que no conozco demasiado. Orientarme y recordar paradas de metro en ciudades desconocidas siempre resultaba más sencillo. Ah, cómo me gusta mirar los mapas. Y poseer un mapa era poseer una ciudad que no me pertenecía, un lugar que no era de este tiempo, y por el que no dejaría rastro me perdiera como me perdiera. Tenía cuatro horas, cuatro euros y un mapa para marcar las calles con los dedos, porque así recorro yo las ciudades, con las manos abiertas -como si pudieran cerrarse-, con la piel expuesta -como si las ciudades no tuvieran piel de serpiente, como si no me lamiese las escamas como quien se lame las heridas, como si no pudiese desprenderme de aquello como una selkie que sale del agua-. Parece que va a hacer frío. |
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Hundirse, demolerse o derribarse, tocar fondo. Abajo del todo y sólo observar las paredes durante un rato para aprender a emerger de nuevo, pero joder, qué bien me aferraba a los abismos en vez de soltar todo el aire y llenarme los pulmones. Errar, obsintarse en el error, reincidir. Reincidir. Como si el tiempo fuese a darme la razón en vez de quitarme las células muertas. Ni siquiera podía pensar con claridad, si ya me pasaba antes, ahora mis límites de distracción, fallo, olvido, error danzaban a su aire de una punta a otra de mis días. Crecía mi incapacidad para concentrarme en una sola cosa sin cambiar de repente a pensar en otra. Maldita sea, qué bien vienen algunos cafés, qué poco duran. A veces me apetecía un cigarro para arañarme la garganta y ver salir el humo de los pulmones. Otra vez los pulmones. O el estómago, o la cabeza. Me gustan las manos. ¿Por dónde iba? Ah, si, el despiste. Reía en medio de conversaciones serias, sin venir a cuento, no era capaz de escuchar todo sin ponerme a mirar alrededor. Y estaba la ciudad, claro. Cuando hablábamos de la Ciudad yo trataba de escuchar y bailaba en mitad de la plaza, sin música, quizás por la ebriedad o simplemente por esa imposibilidad de estar en una sola cosa a la vez. Porque a veces enmudecía, no podía hablar, no tenía nada que decir y me limitaba a escuchar y después ya ni siquiera sabía qué estaba escuchando. Quedarme con las ganas, será eso. No creo que fuera buena idea. A lo mejor me había creído demasiado lo de los gatos y ya había asumido ese papel. Y el sexo. Y es que cuando camino por las mañanas ya no me sale pensar y |
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Ocupar de nuevo la facultad aunque fuera tan sólo durante una noche habría estado bien. Hacía exactamente un año de aquella primera noche en que extendimos los colchones, pintamos las primeras pancartas y la facultad comenzó a ser un poco más nuestra, así que teníamos ganas de recuperar siquiera durante un momento la Revolución. La Revolución Divertida, esa que consistía en ponernos sombreros de papel para hacer la asamblea de las 22.00, repartirnos las litronas que Clochard había robado esa noche del mercadona, pasar la guitarra de Prochain de una mano a otra, y acabar hablando de traer quizás una cabra, quizás un par de patos o quizás tres gallinas al jardín de la facultad para escándalo del decano. El hall se llenó primero de colchonetas, colchones y tiendas de campaña, aquella mañana amanecimos unas sesenta personas en la facultad de Filosofía. No podíamos ni imaginar cómo aquella ola se extendería a las demás facultades de la universidad y más tarde a muchas otras universidades. Lo poco que recuerdo de aquel amanecer es que mi colchoneta estaba pinchada y Clochard se paseaba desnudo, apenas cubierto con una palestina, gritando solo, como había hecho el resto de la noche, mientras los demás tratábamos de conciliar el sueño. Cuando algunos profesores se unieron a la protesta dejándonos dar las clases en el cada vez más caótico hall de la facultad, lo primero que se veía por las mañanas, además de a los conserjes maldiciendo nuestro desorden y cierta inoportuna suciedad, era estudiantes somnolientos que se paseaban en pijama o bata desde su colchón hasta el cuarto de baño y de ahí a clase. Poco después de que llenásemos todo de colchones y tiendas, alguien comenzó a traer algún que otro mobiliario de más. Durante una semana varios sofás estuvieron en el porche desinfectándose y pronto pasaron a formar parte de aquel nuestro nuevo hogar. Les siguieron más. Mesillas de noche, lámparas rotas, sillones rojos. La gente empezó a traer, entre otras cosas, sus fotos enmarcadas, los libros que estaban leyendo, algún que otro poster que adornaba las paredes en otro tiempo tan frías y que ahora desprendían una calidez que se nos haría más que familiar. Después descubriría ante mi asombro que si algo sí que echaría de menos de todos aquellos días de ocupación era la utilidad de los sofás y sillones que crecían como setas por doquier y te aseguraban casi en cualquier momento una buena siesta, o un lugar cómodo donde sentarte a leer, escuchar la clase que se diera allí, o simplemente esperar. En un momento dado y sin saber cómo, nuestro sofá pasó a la cercana y también ocupada facultad de Historia de la cual más tarde fue robado de nuevo para habitar la facultad de Filología. Ya no recuerdo si volvió a nosotros, pero en cualquier caso se nos hacía tentador al pasar frente a un mueble desechado de su antiguo hogar exclamar "¡llevémoslo a la facultad!". Aún todaviá me ocurre. Esos días, mientras yo me apoderaba del hueco de debajo de la escalera, Prochain se construía su propia habitación en el quinto piso de la facultad, departamento de metafísica y teoría del conocimiento, de dónde en varias ocasiones intentaron echarle hasta que, ya moribunda la Revolución, todo el mobiliario desapareció del lugar sin que nadie dejara ni una nota explicativa. Una cortina de ducha separaba la cama y el sillón de la mesa-escritorio y lugar de estudio. Había un radiocassette, un marco con la foto que más tarde acabaría en el café de siempre, un buzón para la correspondencia, libros varios, cds de música clásica, la guitarra, todos los recortes que había ido coleccionando de los diferentes periódicos que hablaban -para bien o para mal- de la Revolución y un sinfín de cosas que ya no recuerdo demasiado bien. El caso es que un día, de repente, todo desapareció. Los sofás, los sillones, el poster, la lamparilla, las mesitas de noche, las mesas, el escritorio, algunos sacos de dormir, un par de mantas, mi colchoneta que se deshinchaba desde la primera noche, los recortes de periódico, un par de apuntes, las viejas pancartas, incluso la colecta para comprar la cabra. Y con todo aquello también la Revolución empezó a desaparecer, a perder fuerzas. Yo quería atribuir la culpa de que la Revolución empezara a irse al traste al equipo de limpieza que el equipo rectoral había contratado durante las vacaciones a espaldas de los estudiantes para tirar toda la "basura", y no al agotamiento que todos empezábamos a notar cuando el resto de facultades fue abandonando la esperanza, los encierros, las asambleas, o cuando en vez de amanecer sesenta personas en la facultad, resulta que éramos cuatro durmiendo allí algunas noches y con suerte quince. El asunto es que empezaron a desaparecer cosas y también desaparecía la Revolución, mi saco de dormir nunca volvió, ni mucho menos mi colchoneta pinchada, durante algunos días temimos que alguien hubiera robado la guitarra de Prochain, pero resultó que algunas buenas personas del departamento de Metafísica y Teoría del Conocimiento la habían dejado a buen resguardo. Clochard seguía robando en los supermercados por las noches, durante las tardes me enseñaba a abrir cerraduras con ganzúa y algunas mañanas todavía le veías gritar desnudo entre colchones cada día más vacíos, paredes cada vez más desnudas, en una facultad cada día más falta de aquel mobiliario desecho. Mientras considerábamos esa noche volver a ocupar la facultad -por los viejos tiempos-, sentados frente a nuestras cervezas, me di cuenta de que de alguna forma, la Revolución había terminado, pero la Revolución Divertida no andaba muy lejos. |
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Hombres muy serios fuman muy serios, encerrados en sus trajes hechos a medida, sus corbatas perfectamente planchadas mientras caminan enganchados a sus maletines de gente seria. Caminan con prisa y, muy serios, llaman educadamente a las puertas de despachos de otros hombres igualmente serios. Se sientan en sillas inmóviles, también serias, y abren sus maletines de gente serios encima de escritorios ordenados, serios. En los maletines: un montón de papeles con letra pequeña, muchas palabras serias, nada de literatura. (Jamás se le ocurriría a un hombre serio recitar poesía en voz alta una tarde cualquiera en la terraza de un bar). Llevan bolígrafos de tina negra -o azul, pero con cuidado que a veces el azul no da la suficiente seriedad- con los que firman, muy serios, la destrucción de la humanidad, la compra-venta de toneladas de golosinas (pero todo muy seriamente), o lo que va a cobrar la muerte el día que aparezca en tu vida. ( En otras palabras... mejor dejo las historias de cosas tan serias para otro día. ) |
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Terminé Rayuela. No sé por qué pero quería contarlo. Supongo que porque mientras lo terminaba empezaba septiembre, el curso, el otoño, pero no estoy segura de que haya sido así. He acabado Rayuela y algo ha muerto con ese libro. Algo ha terminado, quizás muchas cosas han terminado y otras están empezando de nuevo. Muero y nazco como si mi verano fuera invierno y mi otoño primavera. Me reinvento como cuando reinventaba las estaciones las noches de febrero. Algunas noches peleo contra el sueño y de repente, paf se acabó. Hay gente que dice que tal libro y tal otro son el libro de sus vidas. Yo no me atrevería a decir tanto, espero leer muchas cosas más. Espero tener muchos libros vitales de esos. O tal vez descubrir que la vida no se lee, sino que se vive. Quizás fue casualidad, pero cuando empecé Rayuela algo empezó a terminar también. Yo ya lo sabía, eso de que hay gente que no puede permanecer en la casilla ocho y tirar la piedra y saltar, y de repente en un golpe vuelven a la casilla 1 o se dan de bruces contra la 6. Ya lo sabía, pero todos necesitamos que nos recuerden lo que ya sabemos. A veces creo que podría cambiarles los nombres a Horacio y a la Maga y a los demás y sentirme cualquiera de ellos y poner a los demás en cualquiera de sus figuras. Tal vez la culpa fuera del verano calor viaje regreso pero muchas cosas terminaron y aún no sé explicarlas explicármelas. También empezaron volvieron a empezar muchas otras, o eso quiero creer. Eso me gusta. Los finales que no terminan de acabar porque acabas girando sobre ti misma de lo grande que ha sido el paf. O es pequeño y giras de todas formas, por costumbre o inercia. Los finales que acaban siendo un comienzo. O a lo mejor no hay bofetada, sólo giro, vueltas y vueltas sobre una misma. A lo mejor espero ser yo también una especie de Maga y que me encuentren caminando en las calles de cualquier ciudad, París, Berlín, Valencia. A lo mejor soy más bien Horacio, no podría asegurar ninguna de las dos cosas. Pero tengo ganas, pequeñas, pero ganas de encontrarme que me encuentren encontrar algo nuevo viejo sorprendente. Como quien encuentra un libro después de mucho tiempo sin encontrar un libro, y no estoy hablando de encontrar un libro sino de encontrar un libro. De eso hablo. Bofetada metafísica, paf se acabó. |
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Volver. A lo mejor ese había sido el problema. Quizás podría haberse quedado en cualquiera de las ciudades de las que se había enamorado y nada de todo eso hubiese pasado. Pero admitámoslo, ella nunca había estado de vuelta. Billete de ida, por favor. ¿Quién volvía realmente? Ni siquiera volver a Ítaca era volver realmente si no había odisea de por medio. Parecía tan difícil. Ni siquiera sabía ahora si continuaba sin estar quieta, si la misma ciudad en la que amanecía no sería una distinta cada vez. Era una locura. ¿Desde cuándo el mundo se movía de esa manera a su alrededor? ¿En qué momento había empezado ella a ser la que se movía de esa forma en un mismo lugar todo el tiempo? Quizás fue la noche que permitió que la sacaran a bailar. Quiero ir a bailar, les había dicho. Quiero salir y quitarme este estúpido sentido del ridículo que he ido acumulando con el tiempo y si hace falta me emborracháis para ello. Y vaya si bailó. A lo mejor se estaba volviendo una persona cómoda. Y eso la aterraba. Darse cuenta de repente de que estaba a gusto en un lugar, llegar tarde a coger el tren que en realidad no tenía que coger. Trenes. Cuánto daño había hecho la novela rusa del siglo XIX y sus trenes. Por no hablar de las metáforas romanticonas relacionadas con trenes y arroz. Pero seguía enamorada también de los trenes y aquellas malditas aspiraciones trotamundescas que le asaltaban casi en cualquier momento y de las que otros no hacían más que alardear y parecía que se marchaban constantemente, y, joder, cómo iba a volver nadie si no se encontraban en alguna encrucijada. El regreso. Otra de esas mentiras que mantuvo a Penélope destejiendose los jirones de los días cada noche. Y ella decidió que prefería ser Ulises. |
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Está bien, es cierto. Salí a caminar. Eché a andar y punto. No estaba dando un paseo, no me dirigía a ningún sitio, sólo quería pasar por todos aquellos que ya había pisado. El árbol torcido del río al que me subí una vez, el pedazo de cesped donde dejé pasar tantas tardes, los jardines que ya había fotografiado en otra ocasión o aquel lugar donde colgamos poemas como quien tiende la colada. Es que ya no puedo permanecer mucho tiempo en casa, me asfixia. Tal vez ya no pueda permanecer mucho tiempo en un mismo lugar. Puede que sea algo que dijo ella. O esa conversación sobre viajes e independencia frente al café. Quizás 22 días era muy poco tiempo para sentirse libre de ir a dónde quisiéramos. Quizás el problema es que fue demasiado y el viaje nos atravesó la piel, quizás 22 días no era la duración real. No sabía cuándo había ocurrido ni cómo, pero algo se había colado muy dentro de mi. Y tiraba hacia todas partes. Quizás estuviera ahí mucho antes. Y cómo me iba a estar quieta entre las mismas cuatro paredes de siempre. Cómo iba a poder amanecer todos los días en la misma ciudad, en la misma cama. Sí, a mi también me pasa, a veces soy demasiado volátil. Será que soy pequeña y no se arraigarme a las cosas. De ahí la necesidad de moverme hacia otra parte, otra vez. |
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El billete de tren que nos acompañaba aquel verano nos permitía movernos en muchas direcciones, tanto del tiempo como del espacio. Caminar por las calles decrépitas de Budapest había resultado un curioso cambio temporal que no esperábamos. Habíamos parado a descansar en un pequeño parque mientras observábamos cómo pasaban los tranvías a orillas del Danubio. Y el Danubio ni siquiera era azul. |
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A saltos. Porque ¿cómo íbamos a entenderlo si no? De atrás alante y vuelta a empezar. O del revés. Jugando a la rayuela. Tiro y a la pata coja. A veces, la menera más divertida de moverse era quedarse quieta y otras agitarse con fuerza en el mismo lugar. Desde arriba o desde abajo y a veces directamente de frente. En realidad daba igual de fuera para dentro que de dentro para fuera. En Budapest, Berlín o Bruselas. Quizás cualquier otra consonante, pero dándole la vuelta. Completa o incompleta. Daba igual, lo mismo era. O no, pero no importaba tanto y era importante. A saltos para que no se entendiera, para entenderlo mejor, para ordenar o desordenar. No era tan diferente, no era tan fácil pero tampoco tan difícil. Y nada de todo esto sucedió jamás en realidad. Y es que, desde esos lugares que eran un poco ninguna parte, nunca el tiempo era perdido. |
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Cuando esa noche mi vestido se rompió, Cravate me prestó el imperdible que le había prestado Silence y que aguantaba el bolsillo de su pantalón. Recordé entonces que no era la única con ropas descosidas, tiempo corroído, rotos en los pantalones y bajos por arreglar. Una clase de costura de mamá recién sacada de la caja de colores que me había regalado aquel septiembre hubiese bastado, pero yo en realidad, no sabía nada de personas. Cuidar de personas, quererlas, tejerles lo destejido, era más bien cosa de mi hermana, disfrutaba con ello, se le daba bien. Y yo, admitámoslo, no tenía ni idea. Lo había intentado alguna que otra vez, de verdad. De verdad que había puesto bastante empeño, pero las personas no eran lo mío. La noche que celebramos el final del curso, el comienzo del verano o cualquier otra cosa que sirviera como excusa para reunirnos alrededor de un poco de comida, un montón de bebida y un par de canciones y risa, David volvió a compararme con un témpano de hielo. Hacía mucho calor pero yo no podía evitar pensar que quizás David y todos sus comentarios acerca de mi habitual falta de emocionalidad tuvieran razón. Yo no sabía nada de personas. Poco antes de la hora acordada para reunirnos y caminar hacia el restaurante, yo había trasladado mis cosas al viejo piso de mis abuelos, donde en las próximas semanas tenía intenciones de acostumbrarme a vivir conmigo otra vez. Y poco antes de salir hacia el lugar de la cena, deambulaba desnuda alrededor del vestido que acababa de sacar del congelador, pensando. Necesitaba primero, aprender a atravesar el pasillo sin volverme hacia atrás; después, saber cómo no perder los imperdibles; subir sin encender la luz con una cerveza hasta la azotea; abrir la ventana cada noche; dejar de meter vestidos en el congelador. Cuando, avanzada la noche, dejé que el chico del sombrero se abalanzara sobre mí, el tirante del vestido saltó. Esa madrugada, mientras me desnudaba sola en la casa, quité con cuidado el imperdible y lo coloqué sobre la mesilla de noche. Vamos, esta vez no lo pierdas. |
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La casa gemía esa noche, un poco como todas las noches, pero un poco diferente porque esa vez no había nadie para escucharla. No es que le doliera la noche o le asustara la oscuridad, simplemente, cada vez que un avión pasaba demasiado cerca, se removía entre el sueño y la vigilia. Resultaba difícil dormir sin crujir los huesos, digo, los cimientos, o el tejado, o el yeso de las paredes. Pero esa noche no había nadie habitándola y todas las cosas seguían intactas e inmóviles en el lugar en que habían quedado aquella madrugada de luna sarcástica y sonriente. El avión de las doce y media pasó con diez minutos de retraso. El viento golpeó las ventanas. Las luces de aquel aeropuerto demasiado cercano parpadearon. Y la casa maldecía el insomnio medio en sueños, ajena a la muerte que se posaba en los objetos inertes. |
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Ante esa imposición inevitable, decidí empezar a construirme una habitación pequeñísima, tan pequeña que sólo cupiera yo acurrucada; tan pequeña, que por dentro no conociera límites. Puse los cimientos justo bajo el segundo estante de la cuarta estantería del pasillo, esa en la que tenemos los diccionarios y los libros más absurdos de toda la librería del pasillo, esto es, manuales varios de bricolage, sexo, cuidado y manutención de acuarios y demás compendios de autoayuda. La habitación sería ínfima, pero no habría problemas, porque también yo soy pequeña, nunca ocupo mucho espacio en ninguna parte. Eso sí, abriría una ventana que en vez de dar a este piso, diera, en secreto, claro, al último de la finca, y en vez de al norte, como debería ocurrir según las leyes del espacio que rigen mi casa, diera al este, allí muy alto, desde donde se llega a ver el mar. Trasladaría los libros imprescindibles a la habitación, Momo, La historia interminable, Peter Pan y el Principito, Cien años de soledad, La vuelta al día en ochenta mundos, Kafka en la orilla y Tokio Blues, Estaciones de paso y Castillos de cartón, Completamente viernes y el Libro de la risa y el olvido, y si me lo pensaba un poco, quizás alguno más, o a lo mejor los iba turnando. En vez de pintar las paredes de rojo, como la antigua habitación de la que había sido desterrada, las empapelaría, no con papel de pared, sino con todas las fotos de las que no puedo deshacerme, las que ya tengo impresas y reveladas, y las que no, y por supuesto, los recortes de periódico que me he ido guardando desde mayo, que hablan de la revolución de los gatos de la facultad, de colchones y noches en tiendas de campaña. Sería una habitación todo almohadones y redondeces, lo único con esquinas, las fotos y las paredes, incluso la ventana sería redonda y enorme. Las postales colgarían del techo, como las estrellas de la casa de los cerezos. Estaba segura de que encontraría las herramientas en la caseta del patio, y la fuerza que creía perdida en algún punto del tiempo, atrás o adelante. Sólo me faltaba saber construir habitaciones y burlar las leyes de la física. |
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